28/12/09

La hora del poeta


A veces una nostalgia tensa cae sobre el alma. Y vivimos las voces de la sombra. La única frontera posible —muro de ojos que comunica con el mar— es la palabra.

De un fragor de raíces brota el canto. He aquí el resplandor de la luz: están naciendo todas las palabras. Se reúne el clamor de un oleaje que combate frente a las playas secretas del idioma. Nunca los trabajos del poeta tendrán fin. Caen las banderas, no la luz: ese latido cósmico que hace mundos posibles para el hombre. Renace en el canto común: nombra, dice las cosas y los seres verdaderos de este mundo. Anuncian y denuncian los asuntos humanos.

El acto poético convierte el instante en tiempo, la pasión en forma y el lenguaje en luz. Este fuego alumbra en la memoria colectiva, para aclarar la humanidad nuestra de cada noche. La palabra del poeta nos revela épica la aventura cotidiana.

La actividad de la poesía consiste en afirmar la vida como el único bien: en entrañarle verdad y significado. Y el oficio de poeta en mirar, en abrir bien los ojos: en fijar lo que mira con instantáneas verbales. La poesía sostiene a las cosas cuando la luz las desampara…, o en el instante justo en que las ilumina y les da existencia. Pues la existencia es forma. Y no hay forma sin luz.

La poesía, frecuentemente se sitúa entre “la aventura y el orden”, siempre al margen de círculos literarios y modas.

La misión de la poesía es ocupar las edades del hombre con el tiempo. El tiempo es el personaje, la “persona” (máscara y deseo) que protagoniza toda actividad poética. El poeta es el antagonista del tiempo. La elección es intransferible, a cambio de una imposible existencia individual. El poeta, en definitiva, es un ser habitado por pueblos en lucha.

Todo poema erige la palabra de un poeta —humanidad reunida— contra el tiempo.

Aunque es un ser veleidoso, piedad, piedad para el poeta: él despluma su alma en las agudas lanzas del porvenir.

La poesía es voz del hombre en el tiempo. Y la hora del poeta, la hora de todos.


Antonio José Trigo
(3 de febrero de 1987)

7/12/09

ARIA





ARIA


(A mi padre, en el segundo aniversario de su muerte)



Porque un día me enseñaste,
con tus hábitos labriegos,
tanto el cauce en donde se elabora
el agua lenta y dura de la errancia,
como el árbol que vierte
su ruina fiel en el alud del fuego,
¿para qué esta oscura sed escondida,
si a mí me dijiste que las palabras
que no llegan a oírse son las únicas semillas
y que entre la flor y el fruto
está la vida, la mismísima vida,
y aun resistiéndote a la saña del olvido
como la rosa anudada al sarmiento,
supiste cómo dejar a un porvenir seguro
aquel momento en el que el invierno último
te mudó en áspero baldío?
¿para qué, si no importa que, ahora,
ya no me envuelva la música
de tu corazón amante del recuerdo,
si allá donde voy siempre llevo tu mirada
ajustada al curso de anchas temperaturas
y tu manera de tocar las cosas
con manos tan ávidas, ¡tan de tierra!?




Antonio José Trigo

(Sevilla, 5 de diciembre de 2009)

7/11/09

Hímnica del poeta “novísimo” (sic)



(A todos aquellos que no están boquiabiertos en el templo de la vida contemplando su experiencia)



Con esa inquietud de hombre
que se sabe incompleto o derribado,
vivo y muero en mis recuerdos
soportando dignamente
la injuria de los años;
dibujando con hisopos de ceniza
la muerte de la liebre tiesa
en el cuarto del piano;
escribiendo a sueldo
antologías de urgencia
donde ponerme a buen recaudo,
y versos con sordina
sobre ídolos de niebla
según un orden jerárquico.

Asiduo de mí mismo
en esta guerra sin cuartel
contra lo verdadero esperado,
adorno mi elocución
con el espeso limo
de los sucesos cotidianos,
y en larga lucubración
describo cómo arde el mar
en medio del asfalto,
mientras promulgo un complejo sistema
de espejos giratorios
sobre la didáctica del desencanto.

Ante la perspectiva del abismo,
ante la renuncia a un halago,
sólo tienen crédito
mis obsesiones bufas
sobre Edipo y su contexto,
o sobre la génesis de la luz anfetamínica
entre el concilio y el escándalo.

Pasajero de ausencias,
bajo el disfraz de ángel caído
o cuerpo fragmentario,
acecho no sé qué desnudez prohibida
apostada a un solo naipe
o devaneo erostrático.

Custodio en clave de mí
la sombra paralítica del paraíso
a pie de página del libro
de cheques o astrolabio,
y desvisto mi impudicia
a un abusivo precio inflacionario.


Antonio José Trigo
(inédito, 1990)

1/11/09

Colección de Poesía LA CUERDA DEL ARCO

[Además de la revista de poesía “La Cuerda del Arco”, edité seis libros entre 1988 y 1991, como parte de una Colección de Poesía, de cuyo diseño y maquetación me hice cargo.]


Nº 1: “NINGUÉM”, Fijación textual y traducción de Agustín María García López. (Diciembre 1988)




Nº 2: “ESQUEMAS PARA UNA DECORACIÓN DEL AGUA”, de Antonio José Trigo. (Agosto 1990)




Nº 3: “LOS OFICIOS”, de Pedro López-Adorno. (Mayo 1991)





Nº 4: “FRAGMENTOS Y TASA DE DESTRUCCIÓN”, de Francisco Basallote. (Mayo 1991)




Nº 5: “ESTE CLARO SILENCIO”, de Pepe Pons. (Septiembre 1991)




Nº 6: “MÍNIMA ESTANCIA”, de Francisco Basallote. (Diciembre 1991)

31/10/09

La Cuerda del Arco, revista de poesía (nº 1, 2, 3 y 4)

Si se dobla un palo y se ata con una cuerda que no le permita enderezarse, la cuerda lleva en sí la energía del palo doblado. Así, la tensión de la cuerda en relación con la energía engendrada por la torsión del arco, constituye la unidad de dos contrarios en una totalidad. Este equilibrio dinámico es otra manera de expresar la dualidad que, a nuestro entender, anima a todo quehacer poético, como recurso a la duración interna, que escapa al acontecimiento, y que, por tanto, ennoblece, a través de los signos que la componen, al ser efímeros que somos.


CA-1

LA CUERDA DEL ARCO, revista de poesía, nº 1 (marzo 1988)

Director: Antonio José Trigo
Secretaria de redacción: Victoria Chacón
Diseño gráfico: ajt
Dibujos: Pedro Molina


SUMARIO:

- Juan Cervera: “Sextinas del amor intocado”
- José Antonio Jiménez: “Los poemas del río”
- Humberto Senegal : “Haikús”


CA-2

LA CUERDA DEL ARCO, revista de poesía, nº 2 (mayo 1988)

Director: Antonio José Trigo
Secretaria de redacción: Victoria Chacón
Diseño gráfico: ajt
Dibujos: Jesús Morillo


SUMARIO:

- Francisco Basallote: “Breve calendario en Piscis”
- Francisco José Cruz Pérez: “Poemas”
- Agustín María García López: “Teorías”
- Manuel Jurado: “Nueve poemas atlánticos”
- José Antonio Moreno Jurado: “Variaciones sobre un mar en otoño”

EDITORIAL:

(Notas para una CONSOLACIÓN DE LOS POETAS O BUFONES ASEDIADOS)

“Tan sorda queja tiene la soledad como el desierto” (Góngora)

Hay que sentir cada vez más la solidaridad directamente humana y terrenal, cotidianamente profunda y conmovedora, actuando en el pensamiento y sentir la burla por lo gregario humano, el desprecio ante la lógica, no ya como el que constantemente pule sus perfiles —las vaguedades que se van por los caminos del reflejo— sobre su ser de secreciones, con ese vago anhelo de conocerse y ser ante el espejo de control y de advertencias, atenuado de bruma crepuscular, envuelto en velos primiciales, en paisajes desteñidos, tras el miedo que incorpora su fantasma en la sombra, sino como aquél cuya luz interior se labra ásperamente, concretando su desvelo, doliéndose del despredimiento, lejos de la tiranía de lo accesorio y de la domesticidad de la rutina, avivando un dulce brote de ansiedad frecuente, descifrando los signos y transmitiendo sus señales, como llevado pájaro sin sueño, donde se le advierte en sus ausencias y en sus urgencias.

Quizá sea esta actitud, a la orilla del acontecer, una expresión heroica de quien sabe que está determinado y obedece toda imprudencia viva, no quedándole más remedio que meditar sobre la eternidad para aplacar el rencor de su espíritu: defendiendo no lo curioso, sino lo frenético, con corazón salobre y vagabundo; perdiéndose hacia arriba en una sublimación sobre el vacío, hasta encontrar el ámbar de la noche, que está pero no se supone dónde.

De hecho, como bien dijo Nietzsche, “lo sublime no es sino la subyugación artística sobre lo terrible”, que siempre anega, haciendo sombra de música, guardando una semilla negra de agostamiento.

Es la convulsión de negaciones, de tinieblas blancas; el desconcierto lírico, como base, y la pureza íntima como fin, con tal de “apreciar sin vértigo la extensión de su inocencia” (Rimbaud); de recobrar el equilibrio difícil —gravitación del vértigo— que uno pierde cuando se posa en la ruta de las cosas y las mayorías…, donde brotan los pasatismos y vanguardismo aleatorios.

Ese equilibrio que une lo visto y lo adivinado en una sensitiva imprecisión, ambos en distracción y riesgos, desde los pequeños círculos íntimos hasta su proyección en grandes horizontes.

Esa difícil unidad entre el ser y el espacio, soledad y desierto, cuyo sentido está creado con la sustancia de una ansiedad lejana, haciéndose legítima la calidad de la queja sorda.


Antonio José Trigo


CA-3

LA CUERDA DEL ARCO, revista de poesía, nº 3 (octubre 1988)

Director: Antonio José Trigo
Secretaria de redacción: Victoria Chacón
Diseño gráfico: ajt
Dibujos: Pepe Pons


SUMARIO:

- Juan Bautista Villaseca: “Poemas”
- Miguel Angel Zapata: “Poemas”
- Denise Levetov: “Muertes “(de su libro: “La escala de Jacob”)
(Traducción: José Kozer)
- Antonio Rodríguez Jiménez: “El rostro mentiroso”
- Juan Cervera: “Haikús”


INTRODUCCIÓN DE ENCARGO:

Pose nº 1

Como dice Sócrates en el “Fedón” platónico, el poeta “debe tratar en sus poemas mitos y no razonamientos·”. De ahí que el propósito de la poesía no sea el de “hacerse entender”, sino el jugar ancestralmente en la simbología. Para ello hay que poblarla de actos t de movimientos, aunque sean variaciones sobre un mismo movimiento primario, que necesitan de un lenguaje de ideación, esto es, una expresión elíptica que guarde significados implícitos y en parte inexpresables, donde toda traslación fantástica se deshaga en lo óntico. Es por ello, precisamente, que Platón no quiso desterrar a los poetas, sino que vino a decir, más o menos, lo siguiente: “El mejor homenaje que se puede hacer a los poetas es desprenderse de ellos”.


Pose nº 2

Hasta el momento, pues, los poetas no están obligados “constitucionalmente” a guardar silencio, aunque socialmente no tengan ningún significado, estén dejados a su arbitrio, sin poder escapar a la maldición de estar condenados a ser, “malgre lui-même”, poetas.


Pose nº 3

La poesía todavía no se ha perdido en la noche de los tiempos, pese a tantas hondas y agudas sentencias poéticas con “acopio de estética”. La poesía como un medio para un fin, no como un fin en sí misma, con tal de buscar y solicitar el ser bajo sus mascaradas y sus gesticulaciones; de desenmohecer todas las pretensiones o todas las alienaciones.


Pose nº 4

La poesía como comentario “metafísico” al desencuentro del hombre con la realidad, a cuya dimensión ha de salir a desnudar su alma.


Pose nº 5

En definitiva, en una época como ésta en la que la poesía se hace lectura ocasional y poco transitada; en la que el divorcio entre producción poética y público está determinando una actitud defensiva por parte de los poetas, porque al final de cuentas, nadie quiere que escribas, ¿qué más da que no sea comunicadora, que no pertenezca a la vorágine de lo cotitiano?


Pose nº 6

Para expresarlo con fraseología wittgensteiniana, la poesía es más para ser “mostrada” que no para ser “dicha”. ¡Escribir o callar-morir para siempre!


Juan de Rosas Palacio


[Este nº 3 de LA CUERDA DEL ARCO iba acompañado de la Separata nº 2 (octubre 1988), así como de una hoja a modo de prospecto de medicamentos, que a continuación acompañamos.]


prospecto



CA-4



LA CUERDA DEL ARCO, revista de poesía, nº 4 (septiembre 1990)

Dirección de edición & Proyecto gráfico: Antonio José Trigo
Comité editorial: Floriano Martins (Brasil); Miguel Angel Zapata, José Kozer, Gonzalo Rojas (USA); Amadeu Baptista, Vergilio Alberto Vieira (Portugal); Enrique Verástegui (Perú); Samuel Tarsicio Valencia, Humberto Senegal, Carlos Enrique Ruiz (Colombia); Juan Cervera , Librado Basilio (México); José Luis Zerón, José Manuel Ramón, Agustín maría García López (España); Reynaldo Jiménez, Víctor Redondo, Alberto Luis Ponzo (Argentina); Marcel Hennart (Bélgica).
Artista plástico invitado: Alberto Blanco.


SUMARIO:

- Jorge García Usta: “Libro de las Crónicas”
- Enrique Verástegui: “Ángelus Novus”
- José Kozer: “Carece de Causa”
- Rei Berroa: “Libro de los Fragmentos”
- Armando Romero: Las Combinaciones debidas”
- Roberto Picciotto: “Hasta el Solsticio”
- Juan Manuel Roca: “País Secreto”



“Lo que dicen las palabras no dura. Duran las palabras. Porque las palabras son siempre las mismas y lo que dicen no es nunca lo mismo”. (Antonio Porchia)


¿De qué hablamos cuando hablamos de poesía?

Aunque no creemos que la poesía mueva o conmueva mucho a nadie hoy día, no podemos dejar de demostrar una bondad de aprehender las sutiles antenas del acto poético, aun cuando quien entra en el espacio poético supone debe encontrar medidas ideales, pero pronto se desengaña y se da cuenta que aquí, como en otros ámbitos, también rigen los intereses triviales.

A este respecto, como cree Cioran: “los poetas, salvo pocas excepciones, son juntamente verdugos y mártires de la palabra”.

Mala época, pues, para la poesía, y albricias para los ciudadanos que escriben poesía, obligados ellos mismos a agruparse en unidades de fácil contabilización, resultándoles difícil involucrarse en el mundo. Pero lo peor de todo es que el poeta apenas escucha al poeta, cuando todos escribimos, por principio, al dictado de otros, perdidos en versiones, recreaciones, interpretaciones de un mismo tema, paralelismos intencionados, afinidades expresas, etc.

Pese a todo, ello no evita se haga saber nuestro particular compendio de afirmaciones, pues tal como suceden los tiempos, no hay más remedio que invocar “una idea de hombre” ante toda acción, todo proyecto, expresando —¿cómo no?— una reacción personal y una declaración de principios. Vamos, que hay que aparecer en público como individuo, y no como representante de tal o cual camarilla que se aclama recíprocamente. Por ello, de entrada, ¡ya!, hay que pedir perdón por no satisfacer a aquellos que se sumergen en las revistas literarias en busca de algún que otro placer de la ambigüedad culturalista, porque no debe tolerarse ningún grado de decadencia, todo lo contrario, hay que estimar el diletantismo, la clarividencia, la sensibilidad para el juego poético, venciendo con furia y sin consuelo, pudores pacatos, infantilismos y localismos.

Antes, al poeta se le exigía un compromiso político; ahora le piden que enuncie un “proyecto literario”. En este sentido, hoy se suele preguntar a los poetas: ¿con qué proyecto, desde dónde escriben?, los cuales suelen responder remitiendo a las antologías redituables que establecen unas relaciones competitivas y frígidas, como queriendo decir: “Sé que soy poeta, y bueno, lo siento; que es el mayor conocimiento sentir”, sin darse cuenta de que “cuantos más unidos, más solos”, que solía decir Juan Salvat-Papasseit.

Al igual que los seguros de vida dotan al hombre de una envidiable autoestima (aunque lógicamente se hagan por todo lo contrario), parecido es, en poesía, el recurso a las antologías. Porque la gama de coberturas que ofrece tener una póliza de credibilidad antologable, cubre cualquiera de los múltiples riesgos —personales o patrimoniales— que pueden acontecer.

Así, pues, si usted, lector, es poeta y quiere sentirse plenamente seguro de su autoestima, acuda a una antología de confianza, toque el ombligo del crítico potentado, avieso en jurados de concursos poéticos, que te seleccione y te amplifique por medio de dispositivos adecuados, y no se deje amedrentar por el terror a la página en negro. Todo ello te inducirá a andar por mil recovecos, a sospechar el tomar sitio en la subasta de los poetas que a otros poetas se les venden y se les entregan incondicionalmente, con tal de que el rumor halagador se transforme en canto de apoteosis entre colegas y correligionarios. No temas, de esta manera no se te caerán de las alforjas de los bastimentos parnasianos aquellos compromisos de dedicación de la vida a elevados propósitos que un días hiciste y, además, podrás hablar, buscar y dudar sin exponerte demasiado al desprecio o al insulto.

Como en todas las levas artísticas, en el ámbito poético hay de todo. Poetas paniaguados o víctimas. Poetas clandestinos o declarados. Poetas autonómicos o municipales. No obstante haber poetas virtuosos y austeros que viven retirados y huyen de las distracciones y concurrencias, hoy lo que existen son asociaciones, más o menos tácitas, de poetas frecuentadores de “parties” mundanos, teorizadores en simposios culturales de variada vitola (por aquello del intelectual integrado), poetas “brokers” de variadas fiducias, para quienes cuando se tercia, se discute, pero sin ser indulgentes y fraternos. Unos y otros se miran de soslayo, se vigilan y se espían. Ordenan sus estados de gracia. Enseñan incongruamente sus manifestaciones de intemperancia, estupro y crápula. Con toda su falsa sublimidad y su trascendencia, la tendencia general de la poesía que hoy se escribe en este país, se basa en la creencia de que el amor es un exceso de realidad, lo cual sopesan con un exceso de intelectualismo y con una continua proliferación del discurso.

Por nuestra parte, frente a dicho estado de pesantez intelectualista en la poesía actual, de quienes, con dedos grasientos, creen que son poetas porque escriben en una lengua culta, que habla y piensa por ellos, sólo podemos oponer la sencillez intuitiva y la contención, e impugnar que entre la tierra y el cielo hay más ritmos de los que sueñan los poetas, aunque ya se sabe que la única filosofía que vale es la que expresa la poesía, con turbación y estremecimiento.

La poesía comienza siendo un acto solitario, e implica la ruptura con todos los lugares comunes, de ahí que las conferencias, simposios, encuentros, antologías, enumeraciones, índices, roles, elencos, inventarios, repertorios, censos,…, donde se habla mucho de poesía sin incidir directamente en las cuestiones que deberían tratarse, destruyen la grandeza del mester. Si a esto añadimos que el público asistente a los actos de poesía no exige mucho tiempo para otorgar su reconocimiento, ya está todo previsto. Es en dichos actos donde tales prebostes o intendentes de la poesía asalariada apuestan por una poesía que constantemente ensaya una despedida, aparte la farsa y el arrobamiento histérico, menopáusico, de ciertas tonterías.

Por doquier los poetas levantan tinglado ceremonial para jalear, loar, ensalzar, lo cual resulta la peor de las formas en que un poeta puede comunicarse. Sin duda, los poetas lo hacen porque es lo más fácil, les cuesta menos trabajo que escribir un poema enterizo. Hablar de poesía cuesta muy poco y exige poco trabajo; además es sumamente útil y barato ya que es fuente de fácil información para los medios de comunicación. El tinglado ceremonial conlleva el hecho de que siempre se repiten las mismas cosas, siendo lo peor de todo el que se considere como poesía todo aquello que la invalida. Así, por ejemplo, se habla de los poetas, una vez muertos, de las cosas que se cree que aquellos dirían, lo cual es tener razón por interpósito cadáver. Pero no acaba ahí la cosa, porque siempre que los poeta se infiltran en dichos tinglados ceremoniales es para acoger la preeminencia, aposentar el mando, resguardar la propiedad, empinar la dominación, esconder la autoridad, despertar la vigilancia, encender la sospecha, transformar la calumnia, nutrirse de recelo, orientar la traición, envolver la malicia, fecundar la violencia, exprimir la adulación, ensanchar la pusilanimidad, tensar el pavor, embriagar el furor, vestir la delación, inducir la intriga, adiestrar la falacia, alentar la altanería, llevar la querella, fortalecer el atropello, urgir la venganza, aforar la palabra, atontar la opinión, catequizar el pensamiento, enjutar la tristeza, refrenar la súplica, petrificar la impiedad, afilar la crueldad y cubrir la muerte.

Dichos acólitos de cagatines, abortadores de amores amnésicos, se pasan el tiempo tratando de olvidar con sus exabruptos esteticistas, que a la hora de la verdad, se quedan en casa, más propensos a la incertidumbre y al retraimiento, lo cual, dicho sea de paso, conforma la imagen tópica del poeta, más algún “plus” añadido por índice de pusilanimidad —que no peligrosidad— que confina el sonambulismo huraño.

No hablemos de quienes se visten de estúpida alondra del desierto o de puritano de la macrobiótica, o de quienes, por contrapartida creen que para ser más excelso poeta hay que intoxicarse con tabaco, hipnóticos, aspirinas y alcohol, por aquello de que ser escritor maldito no es más una manera para la opinión de sofocar o de disuadir la provocación, con tal de colocar en todas partes su existencial efigie, pero que al final —¡caray!— resulta que no son más que portadores del verbo o, lo que es lo mismo, escritores de segunda mano, pues no tienen en cuenta el hecho de que a toda heterodoxia es esencial la referencia directa a la correspondiente ortodoxia. De lo contrario, se la puede calificar de heterodoxia estupefaciente.

No. No hablamos de quienes, confundiendo este manierismo con un anticonformismo, lo adoptan como estilo de vida, porque es de saber que ya hay quienes hemos dejado de tomar en serio a la “generación” de los poetas-profesores, es decir, de quienes siguen enseñando la poesía como una ciencia, negándose ser, como dijo Cervantes, “el regocijo de las musas y otras baratijas que vuestra merced ha dicho”.

Pero lo más grave de todo es esa terca teoría del discurso dominante, según la cual tenemos que estar dispuestos a aceptarlo todo, ya no con resignación, sino con entusiasmo, hundidos en la banalización autocomplaciente. La ventaja está precisamente —como alguien ya ha dicho— en que los poetas nos hablan de sí mismos, pero no nos cuentan su vida. No hay poeta que no suela caer en silencios y dudas, porque, a este respecto, no puede olvidarse que por espacios paralelos otros solitarios desbrozan caminos paralelos.

En definitiva, y dado que la única comunicación seria es la comunicación escrita, nosotros siempre apostaremos por aquellos que, con rotunda hombría, inexorables en su anónimo, no rinden un centímetro de su terreno para ir hacia el público; quienes, con hosquedad, no postulan el encanto, sino el conocimiento de los orígenes de la expresión, exaltando la exigencia poética de lo social sin embrollar los propios discursos en mariconerías pitopáusicas. Son aquellos que no admiten, para su obra, otra envoltura que la que ellos mismos escogen y ordenan, de una manera dura, viril y severa, con notable logro y amedrentadora insumisión, al margen de los embalsamadores que hacen someros sumarios (léase antologías) de poetas, y más allá de todas las denegaciones prosaicas de lo cotidiano, con tal de desbrozar la realidad como artificieros del pensamiento, de reconocer su ambigüedad, dada su inscripción en la existencia viviente y, por tanto, de saberse sujetos limitados “hic et nunc”, pues, como dice Antonio Porchia, “el poeta no es una cosa hecha. Es el ignorado por sí mismo”.


Juan de Rosas Palacio

27/10/09

La Cuerda del Arco nº 5 (Abril 1995)

No tires ya más, sino condúcelo
quietamente sin asir:
el arco nunca debería saber
cuando la flecha ha de partir.


CA-5-0 copia


PRESENTACIÓN


“Si se dobla un palo y se ata con una cuerda que no le permita enderezarse, la cuerda lleva en sí la energía del palo doblado. Así, la tensión de la cuerda en relación con la energía engendrada por la torsión del arco, constituye la unidad de dos contrarios en una totalidad. Este equilibrio dinámico es otra manera de expresar la dualidad que, a nuestro entender, anima a todo quehacer poético, como recurso a la duración interna, que escapa al acontecimiento, y que, por tanto, ennoblece, a través de los signos que la componen, al ser efímeros que somos.”


Con estas palabras surgía con vitalidad al terreno de las publicaciones periódicas de poesía: La Cuerda del Arco. Han pasado ya cuatro años desde el último número.

Entonces, a tientas, pero con gran entusiasmo y febril artesanía, fuimos modelando la línea de un perfil poético, y difuminamos algunas luces en la árida noche. Veloces, alcanzábamos a disparar la flecha y a recibirla. Entonces, era extravagante buscar una filiación entre aquel enfoque y la “saeta detenida” de Zenón d e Elea, pero sin duda la flecha no avanzaba a pesar de haber sido disparada. Luego, ¿se trataba de Zen? ¡Tampoco! Pero sin duda habíamos encontrado nuestra propia manera de disparar la flecha sin ver el blanco.

Entonces, la Cuerda del Arco fue tribuna de poetas que hacían gestos muy raros y pomposos; se despertaban cada mañana con la sensación de estar en un espacio más engañoso, más lleno de objetos falsos, objetos sin historia que les rodeaban de soledad; reducidos a los muros, a la extensión del cuarto, se sentaban a su peor enemigo: ellos mismos a quienes observaban como un espectáculo inútil, como si se hubieran levantado siempre tarde a la vida. Los resultados eran obvios: los poemas publicados casi siempre eran narcisos y retóricos, fisuras insidiosas de la vida cotidiana; poemas que — como tajos del olvido—, reconocían la imposibilidad del poema.

Ahora, en cambio —aunque con el mismo sosiego de jornadas obligantes que entonces, pero con otra finalidad, otra determinación—, La Cuerda del Arco es tribuna de poetas que reconocen cómo afrontar la realidad exterior sin que ello suponga ningún obstáculo que les impida llegar al fondo del ser. No recurren, pues, a la desgarradura. No bracean en el lenguaje hacia lo desconocido, porque no les sirve de aliento la ausencia. No identifican el poema con el esfuerzo mismo de su hechura. Van más lejos que su papel, sin detenerse al borde de la respiración. Los resultados son evidentes: los poemas que se publican se dejan contaminar por todo aquello que les otorga olor, color, sabor; poemas que, en definitiva, reconocen en lo creado al Creador.

Ahora comprendemos mejor porqué arco tan difícil de tensar no conviene a puños impotentes.






17/10/09

Casimiro de Brito: entre el caos y la transparencia

Al leer los poemas de Casimiro de Brito uno encuentra las características de la buena poesía, que podríamos enumerar de la siguiente manera: el poema pasa sin solución de continuidad desde la explosión del conocimiento hasta el sonambulismo de aquellos momentos en que la realidad es tan excesiva que se pierde la noción de las cosas; pasa desde la revelación de la flor hasta la visión de la opresión y del amontonamiento de oscuras demoliciones; desde la acción hasta la contemplación; desde la desmesura de la batalla poética hasta la irrealidad de un aturdimiento sin sentido.
Estas características, junto a aquellas otras que él mismo nos sugiere en esta conversación, nos acercan a su mundo poético.



¿Es posible considerar la poesía como un ejercicio de pureza contra la cruel amenaza del lenguaje?

— ¿Cuánto pesa una palabra? ¿Dónde la balanza que las pueda pesar si ellas, las palabras, son a veces más leves que el aire? Sutil aproximación del silencio la que se hace a través de la palabra poética, alquímica. Cuando un hombre se aproxima a la esencia del ser y siente fundirse al cuerpo en redor; en el dorso infinito de la madre absoluta... La palabra, entonces, sólo tiene sentido si disimula las dunas del silencio. Desnudamiento mutuo al final —ritmos que se confunden como se confunden, en la pintura de Tapiès, la cruz obsesiva y la miel de la tierra, como en nuestra vida se confunden en cada momento el magma y la ceniza y, en la rosa, su voluptuosidad y la dolencia anunciada... ¿Qué hago yo entonces en los libros de mi oficio? Deslizo, me muevo como puedo entre la escritura de la tierra y el vacío flexible de mis propias señales, signos. Dos respiraciones. Tal como Descartes se veía “en el término medio entre Dios y la nada, (...) entre el ser supremo y el no-ser”, así me muevo yo en estas aguas casi heladas de donde salgo terriblemente quemado.

—Reducir la poesía, como suele hacerse, a un discurso literario al servicio de diferentes y contradictorias estrategias culturales es una de las formas más seguras de empobrecerla y despojarla de su contenido espiritual. ¿Estás de acuerdo con nosotros en creer que la palabra poética, el legado espiritual de la poesía, son normas de perfección interior y humanidad que nada tienen que ver con las proclamas de algunos grupos y su manipulación interesada por quienes se esfuerzan en promover una atmósfera de confusión y de literatura comercial?

—La palabra comercial no tiene nada que ver con el mundo, sino apenas con las estrategias casi siempre pornográficas de un submundo pseudo-cultural. El contrato "entre la palabra y el mundo" de que habla Georges Steiner está siempre por ser roto por unos y recuperado por otros, y ese contrato no deja de fascinarme, ante todo porque ni las rupturas son definitivas (aunque se trate de Mallarmé o de Joyce), ni las alianzas exentas de distanciamiento. Signos que nos parecen en un momento dado pegados a lo real, trátese del mundo exterior o de realidades personalísimas, surgen después, por la magia de su transparencia, en situación soberana y casi "artificial", lo que de hecho son: artificios de papel donde se inscribe la memoria del olvido, la “claridad cósmica” mencionada por Hermann Broch. Más aún: si no siempre es legible en la palabra poética el caos, la angustia de su origen, algunos, algunos oídos privilegiados podrán escucharla. Todos cabemos, aunque diferentemente, en el espacio que se forma alrededor del poema. Un juego, al final; un juego perverso entre un “homo ludens” que permanece muerto bajo la luz de su texto y otros hombres no menos lúdicos que transforman el poema en su casa impermanente, ahí donde otro ser de nosotros es fundado.

—Para ti el poema es “de fuego devorador”; como el agua, los poemas están “abiertos a la geometría de todos los cuerpos”. ¿Entiendes, por tanto, el poema como una alineación de símbolos cuyos destellos brotan a medida que se penetra la geometría espiritual de las palabras?

—El poema para mí es fuego devorador pero es también otras innumerables cosas... que oscilan entre el caos primordial y un cierto deseo de transparencia. “La transparencia de todos los misterios”, escribía Lezama Lima en un diario de 1939... ¿Será la transparencia de los enigmas más oscura que el enigma de transparencia? Esa claridad, ese deseo de transparencia que me sustenta no es menos oscuro, no... oscuridad de metáforas blancas, vocación del "haiku" o del aforismo, hilos del habla que se aproximan al invisible como si yo viese lo que de hecho no puede ser visto ni escuchado.

—Como el árbol se pliega a su tropismo, el animal a su instinto, ¿crees que la palabra se pliega a una motivación de luz?

—La luz, la luz...”habitarla / suspenderme ileso en ella / y en mi rostro sereno / libertarla” —escribí hace 30 años, allá lejos en el comienzo del oficio. Y no aprendí nada. La vocación de la luz continúa, una luz o sonido fósil que preside nuestra pobre diáspora, pero ahora yo sé (aunque no sepa nada) que la morada de la luz es al mismo tiempo un deseo y un destino. No hay diferencia entre el día y las tinieblas, entre caos y armonía, lo que hay son ritmos, ciclos, mareas; no hay diferencia fundamental entre ser hombre y no serlo, entre la vida y la muerte —breves y varias respiraciones de la Gran Respiración. ¿Podrá el poema decirla? Broch dice que sí, que ella, la literatura, “incorpora el reflejo de ese brillo transcendente”. Es una cuestión de alcanzar o no la perfección, sus márgenes —una perfección que en sí contenga una saludable reserva de caos, de impureza, de “signos en rotación”, en fin, ese lugar oscuro donde una presencia inaugural sea también un lugar ausente que acoja nuestra tendencia al exilio, a una soledad más acompañada. El poema dura (la dulce soledad del poema) porque está lleno de misterio, ese frágil misterio del “duro deseo de durar” de que hablaba Eluard.

—Igualmente podríamos decir que la palabra se pliega a una motivación de silencio, ¿no?

—El silencio, si. El silencio. Pudiese yo merecerlo.

—El poema, ¿es el único país donde nos derrotan?

—No sé. El poema no es efímero ni eterno, oscila, es un animal mutante y mudado por quien lo frecuenta, un insecto de mil colores de inmediato asociado a otros modos de escucha, y todos ellos son justos. No me olvido que el poema es también el acto tan subjetivo de “descifrarlo”, de asociar a su cuerpo una piel nueva para uso de quien a él se acrecienta. Cada lector de San Juan de la Cruz leerá otra cosa en estos versos:


“Aquesta viva fuente que deseo,
en este pan de vida yo la veo,
aunque es de noche”.


La clarividencia que cada uno de nosotros asocia a este terceto lo vuelve un objeto múltiple, animal andrógino y variadísimo, sonido zen, exorcismo, amazónica floresta. En este sentido el poema es más espejo que ventana.

—Entonces, ¿crees que el poeta es quien, obligado a contemplarse en el mismo espejo sin cambiar de tierra ni de cielo, hace de su manera de esquivar lo más tedioso cotidiano toda una razón de fuego, transparentando la podredumbre y la belleza del día?

—No sé. O muy poco. Sé que hay una balanza cualquiera..., una balanza donde se pesa el banquete invisible, su prolongada devoración... Donde todo ese manantial se pesa y repesa con los signos del vacío y de la nada... suprema depuración. Me seduce el silencio pero soy donde estoy siendo una voz infinita —el todo del centro y la nada en abierto como si me dictasen cualquier cosa desde muy lejos. Pero digo, insisto: no me distraigan, no me desvíen de mi camino, de la única cosa que poseo, el ritmo personalísimo de mi muerte.


Entrevista de Antonio José Trigo

(Publicada en la revista “Imagen Latino Americana”, Caracas Venezuela, 1993)

8/10/09

Separata nº 2 de La Cuerda del Arco (octubre 1988)



Separata nº 2 de La Cuerda del Arco (octubre 1988):

— "Ocarina" de Javier Tafur (Colombia)
— Poemas y aforismos de Francisco Toledano (Madrid, España)
— "Flash" de José Kozer (New York)
— "Haikus" de Eugenio Florit (La Habana, Cuba)
— Poema de José Luis Zerón (Alicante, España)
— Poema de Pepe Pons (Sevilla, España)
— "Semilla" de Jean Nouel (Venezuela)




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4/9/09

La Cuerda del Arco de junio de 1991 (Encarte)

“El poeta sigue resistiendo la dictadura y la anarquía, la melancolía y la carcajada sin brazos, la muerte y la vida. El poeta ha superado la filosofía, ha movido el horizonte con todas sus consecuencias, ha salido a cazar ojivas y medallas, a quemar los presagios. Su inmensa voluntad está empeñada por la confianza. Viene pisando historias. Va a concebir los planos del mundo. Y nada ha de explicar, ni la puerta entreabierta, ni la expansión del misterio, ni la música que escribe en el espacio. Ha de dar su poema y los días siguientes.”

(Raúl Gustavo Aguirre)









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3/9/09

La Cuerda del Arco de Mayo 1991 (Encarte)

"Se llama poesía todo aquello que cierra la puerta a los imbéciles"
(Aldo Pellegrini)














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20/7/09

Antonio José Trigo o el testimonio de los reflejos

Como una conjunción de la luz y de los reflejos que el recuerdo más depurado manifiesta, surge la desnudez de “Rapsodia de lo oscuro ofreciente”, del poeta sevillano Antonio José Trigo, publicado en la colección de libros de poesía “Aquilea”, dirigida por Rafael Alcalá.

Conformado por 16 fragmentos, el libro se estructura a imagen de los filósofos materialistas de la antigüedad, convencidos de la existencia objetiva del mundo material y que buscaron con ahínco el elemento inicial o materia primaria que diera origen a toda la variedad de objetos del mundo.

Antonio José Trigo identifica con la misma integridad de la Grecia de Demócrito esa materia primaria con fenómenos concretos de la Naturaleza.

Así podemos leer en el sexto fragmento: “Retomas para abrevar el fuego, el aire; / para devolver a la tierra, el agua, / el espacio desplazado del fondo de la noche / donde el esqueleto de mi voz descansa”, actitud ésta que viene reforzada por la transposición de planos y, con una técnica metafórica ciertamente acertada como la humanización y dinamificación de los elementos de la naturaleza. Cabe preguntarse cuál es ese elemento conductor. El autor, en gran medida ofrece la respuesta de forma transparente, “En este estar sin ser”. El tema es la desnudez, la desnudez de las corrientes de agua, la temporalidad que se traslada al fluir continuo de imágenes oscuras a través del espejo, la pauta será la luz, la luz que se hace mirada y testigo del deseo o de los reflejos del deseo, e incluso yo diría que la obsesión no es sino la desnudez de todas las luces.

Un vuelo de pájaros es una secuencia lingüística de espacios muy determinados y determinantes; es la huída que provoca la agonía. Por ello es preciso fundirse en los del tiempo, un tiempo un tanto falseado; no es la musicalidad de los fragmentos lo que se persigue, sino la coincidencia pictórica de una realidad fugitiva. En ese supuesto juego de voces, hemos de situar “Rapsodia de lo oscuro ofreciente”, si bien el propósito podría ser la música transformada en pájaro, asediar la duda por preferir la condena, culminar desde la languidez de un tiempo débil el sueño de un surrealismo consciente.

De cualquier forma, sí se da ese ritmo conscientemente marcado que se corresponde con una adjetivación resplandeciente y la recreación verbal en sus formas más aceleradas. La naturalidad, y especialmente la honestidad del discurso poético de Antonio José Trigo ofrece una amplia gama de posibilidades a la hora de la lectura. Una fugaz reflexión por parte del lector frente a la pluralidad, propone que verifiquemos que el mundo es siempre el mismo, y que lo que es plural es su interpretación. Antonio José Trigo, no cabe la menor duda, es singular en tanto en cuanto cumple el propósito de aportar su propia interpretación, y es plural, porque como sugiere Víctor Sklovski, está dispuesto a penetrar por nuevos caminos, por nuevas contradicciones, por tensar “la cuerda del Arco”.


Alberto Torés García

(Reseña sobre mi libro “Rapsodia de lo oscuro ofreciente”, publicada en La Gaceta, Málaga, 9-junio-1989, pág. 16)

5/7/09

DOIS POEMAS

[El poeta portugués Albano Martins tuvo la gentileza de traducir dos poemas míos, el Fragmento XIV de "Rapsodia de lo oscuro ofreciente" (1989), y el poema X de "Estancia de los detenimientos" (1990), que publicó en el nº 3 de la revista Sirgo de Coimbra (Portugal), en la primavera de 1993, pp. 17-18]

1.

Já a noite plena com a sua luz dentro,
terra húmida de dias antigos
onde eu desejaria permanecer para sempre,
onde tudo não é, não passa,
como em impávido mar veleiro grácil.
E nos confins, a música
sob o fundo do ser, despojadíssima.

(Os teus dedos: pássaros impacientes talvez
no fio das horas)

Já o tempo se vai, se desfaz,
enrugando a cortiça do sorriso,
para de repente sentir que nos persegue o sonho,
nos atraem, nos fascinam as coisas mudas,
as pedras esquecidas em caixas redondas,
e a livre musicalidade das constelações.

Ah!, só tu, bem-amada, sabes onde vai,
assim ardendo em silenciosas pausas,
o tempo de todos e de ninguém.

Assim tu e eu buscamos, por estranhas trevas,
o que fomos uma vez e já nao somos.



2

Atrás do círculo inaugural dos teus incêndios
dormen os climas e os mares.

Caído o céu, foges pelos jardins
suscitando fontes, onde o coração
antigravitatorio da rosa
—lento som de pássaros em fuga—
crece do fundo dos teus olhos.


(Versões de Albano Martins)




POEMAS ORIGINALES:



FRAGMENTO XIV

Ya la noche plena con su luz dentro,
tierra húmeda de días antiguos
donde yo quisiera quedarme por siempre,
donde todo no es, no transcurre,
como en impávido mar velero grácil.
Y al confín, la música
bajo el fondo del ser, despojadísima.

(Tus dedos: pájaros impacientes acaso
en el filo de las horas).

Ya el tiempo se nos va, se deshace,
curvando la corteza de la sonrisa,
para de pronto sentir que nos persigue el sueño,
que nos atraen, nos fascinan las cosas mudas,
las piedras olvidadas en cajas redondas,
y la libre musicalidad de las constelaciones.

Ah sólo tú, bienamada, sabes adónde va,
así ardiendo en silenciosas pausas,
el tiempo de todos y de nadie.

Así tú y yo buscamos, por extrañas tinieblas,
lo que fuimos una vez y ya no somos.


[de “Rapsodia de los oscuro ofreciente”, Cuadernos de Poesía Aquilea, Málaga, 1989, pp. 40-41]



X

Tras el cerco inaugural de tus incendios
duermen los climas y los mares.

Caído el cielo, huyes por los jardines
suscitando fuentes, donde el corazón
antigravitatorio de la rosa
—lento son de pájaros huidos—
crece desde el fondo de tus ojos.


[de “Estancia de los detenimientos”, Editorial Playor, Madrid, 1990, pág. 23]

Nueva Poesía Andaluza (reseña de Rubinstein Moreira)



En la simpática Colección Aceña de Poesía, que se difunde desde Lora del Río (Sevilla), llegan dos entregas novísimas: “Contraseñas”, de Juan Cervera, y “La huella de la serpiente”, de Antonio José Trigo.


Antonio José Trigo proviene de la misma sangre y raíz que Juan Cervera, y edita su segundo volumen poético en esta “Colección Aceña”. Antonio José Trigo comenzó a publicar sus primeros poemas en México y aun su primer libro titulado “Alrededor de una lágrima”. No conocemos el volumen inicial, pero en este, “La huella de la serpiente”, se presenta con una poesía personal y sensitiva. Un predominio de lo vegetal y aéreo gana en sus imágenes un tiempo musical y plástico:

“Pura transparencia, llanto,
por los muros del jardín,
por los sonámbulos patios,
abrazándose a la tierra
como el sueño a lo innombrado.

Casi arpa, cuelga la lluvia
de los balcones del nardo”

El andaluz Antonio José Trigo andará lejos. Es un vocacional de la especie; un poeta de rica sensibilidad y un buceador de la palabra. Lo saludamos desde acá por lo que ha hecho y más todavía por lo que ha de realizar.


Rubinstein Moreira
Montevideo, 3 de marzo de 1982

(Publicado en “El Diario Español”, Montevideo, 4 de marzo de 1982, pág. 9)

Poesía en Lora del Río (Reseña de Juan Collantes de Terán)



Antonio José Trigo
“La piedra y el bosque de su efigie”
Lora del Río. Colección “Azahar”, 1986.


Antonio Trigo es un joven poeta de Lora que ya tiene en su haber tres libros de poemas publicados. Este es el último volumen y tan reciente que cumple ahora escasamente tres meses de edición. Tiene el escritor una firme voluntad literaria que me lo confirman los versos que de él he leído y los muchos que tiene preparado para futuras publicaciones. Con el tiempo sabrá seleccionar y sacrificar composiciones, actitud necesaria cuando su personalidad artística se vaya afianzando.

El poeta de Lora está muy atento al paisaje. Árbol, río, pájaro y flor conectan con facilidad en su empeño poético y consiguen aprisionar —eso es lo que hacemos frente al horizonte— interesantes vivencias dentro del cuerpo que forma su ideología poética. Poeta suelto, con oficio y, sobre todo, con un olfato exquisito para saber encontrar la esencia de todo hecho estético, llámese poema, dibujo, todo lo que sea expresión siempre cargada de contenido artístico.

Veintitrés poemas componen este último libro de Trigo. Hay en ellos una línea que busca los conductos interiores para ahondar, previa contemplación del paisaje, en el territorio más íntimo, que es a su vez el más lírico. Descubrimiento fundamental del romanticismo que todavía tiene, como se ve, vigencia palpable en estos versos, y como bien se demuestra en las composiciones del poeta de Lora. Destaco principalmente en sus poemas una enorme sinceridad sin rebuscamientos ni alambiques expresivos. Es esta una cualidad que el escritor nunca debe perder, si quiere conservar personalidad y pureza.

Tras la lectura de esta entrega poética siempre queda el interés por conocer hacia dónde va a evolucionar su estética en las próximas publicaciones, cuyos éxitos deseo fervientemente.


Juan Collantes de Terán

(Reseña en el suplemento “ABC Literario” del diario ABC, Sevilla, 30 de agosto de 1986, pág. 36)

3/7/09

Adagios sobre el mal poema



1

El mal poema, según la ley fragmentaria de la voz y de la inscripción, puede ser: proyectil digresor; mapa de una obcecación: carraspeo derrotista; intersticio de una pasión administrativa; maquinaria de bastas refracciones; reflexión apócrifa; decoración de un aterido afán; hélice de un barco impropio; imprecisa ilusión de navegante; peldaño oculto bajo la opacidad de algún fracaso cotidiano; augurio de una catástrofe perfecta; elogio infamante; trompetería del miedo; silbo vulnerado; batidor de bibliotecas; impiedad pertrechada de desvíos; intento delictuoso; fru-frú frenético; prestación varia; juego resignado; ideograma de una urgencia; jugo de una masacre robada; piedra de hogar irredento; apetito de un hombre impiadoso; ejercicio avieso; maniobra predadora; ceniza, despojo, excrecencia; dilución de una infancia gloriosa; lento arbitrio de gazmoñas compulsiones; dislexia endosada a la tinta; fruta obsecuente del destino; terca ilusión; viento impregnado de rastros crematorios; rumor fatalista; plazo de sí mismo; huída del mundo en llamas; trabajosa impostura. Y no es poco.



2

El mal poeta es disléxico, afásico; es un glosador de la agrafia y del silencio. Cf. el verso de Octavio Paz: “nuestros oráculos son los discursos del afásico”.


3

Si se acepta la triste conclusión de que el acuerdo entre la palabra y el mundo, es un acuerdo frágil y arbitrario, como creen los judíos, no es de extrañar que el mal poeta reconozca que el poema no debe comunicar necesariamente nada. Alienación y solipsismo.


4

Esa música al fondo del mal poema; suficiencia de la escritura como lenguaje puramente semiótico. Poco importa lo que diga. El poema es “de” y “para” el poema mismo. Ya no hay juego simbólico. La travesía va de la propia textualidad al silencio. La palabra no es sino un valor semántico que nada tiene que ver con la realidad exterior o interior.


5

El mal poeta, con voz rota y afónica, se resigna a la salvación en el desprecio. Ya no cree en el lenguaje como un mapa de la realidad, sino como algo mascullado, maltratado, escupido, desangrado. Su fiebre demiúrgica se reduce a encontrar el éxito en el fracaso.


6

“¡Soy un poeta! Lo soy. Lo soy. Soy un poeta, insistí, avergonzado”, dijo Williams Carlos Williams. Así, con autocompasión, juega el mal poeta su vida o la cambia por el más infantil espejismo.


7

A la deriva, al vértigo, según la ley de las alucinaciones, el mal poeta se retira, y retrayéndose, a fin de entregar sus clandestinas peripecias, se endurece, hasta apretarle el alma. ¿Cómo saltar por encima de la conflagración de acres soplos anónimos y fríos?


8

El poeta auténtico, en cambio, descarga sus afónicas lamentaciones, porque de corazón confiesa lo que más teme encontrar tras el velo de su impotencia: no hipótesis de lucha al sol del día, sino un rostro misericordioso. Dándose, pues, al poder del símbolo y del discurso simbólico, excluye de manera muy rígida las peculiaridades de la experiencia.


9

Para transmitir el sabor del silencio, el mal poeta sostiene las noches contaminadas por la memoria de otras noches, y desahoga en el poema todo el fastidio que almacena en su corazón.


10

Fruto de espesor amargo, el mal poema sólo es disputado ante adolescentes de sexo incierto, como un código en constante subversión.


11

La lengua no cesa de abrirse al mundo, pero el mal poema no dice el mundo, y éste no aquieta a aquél.


12

Vox horrísona. Vox tatuada. Voz turbada por rastros, señales, trazos, trizas, trozos. Vox populi. Vox clamantis in deserto.


13

El lenguaje del mal poema está marcado por cortes bruscos, por fragmentaciones, trizaduras.


14

Logografía: manchones de tinta china.


15

Las librerías otorgan a la poesía, como un favor, un rincón disimulado. No podía ser menos. ¡Hay tantos malos poetas, huérfanos de expresión, que llevan dentro de sí a un niño oprimido y sufriente!


16

El mal poeta cree que la mano que escribe el poema es sólo el gesto que escribe el poema. “Es —como dice Thomas Love Peacock— revolcarse en la basura de la agostada ignorancia, y hurgar en las cenizas de los salvajes muertos para hacerse con restos que regalar a los niños crecidos de la época”.


17

“Lenguaje acosado con una boca fatigada en su camino interminable a la casa vecina” (Johannes Bobrowski). He aquí uno de los preceptos del mal poema de hoy. A lo que hay que añadir, cómo no, la subversión irreverente, festiva con sus propios trazos, a fin de hacer de la página: un escenario conflictivo, un teatro de probabilidades donde lo real y su alteridad devienen parodia y encantamiento.


18

Las palabras se disfrazan de sí mismas y se sorprenden de su propio ser. El mal poema muestra varios mundos deseándose y negándose con gozoso impudor: encuentros estratégicos de infancias postergadas con futuros irrepetibles.


19

El mal poema se hace ritual de la nostalgia. Sólo la nostalgia puede revivir esa sucesión de muerte, para que nunca se sepa dónde terminan las palabras y dónde comienza el espacio (como decía Rilke, para alabar las poesías de Jacobsen).


20

El sonido del silencio no puede traducirse por otra palabra. Aquello que creemos ser el silencio es, en realidad, la imagen de confusas bibliotecas amasadas con polvo de uña.


21

La tradición lírica se caracteriza por la semántica de la significación. Es la tradición elegíaca de la infancia, cuyas intenciones son apelativas, interpelativas. El poema se vuelve hacia, se dirige hacia el lector apelando su complicidad.

La tradición surrealista se caracteriza por la semántica de la simbolización. El poema asciende hacia lo inmaterial.

La tradición formalista se caracteriza por el discurso elíptico, fragmentario, discontinuo, entrecortado. El poema nace sin memoria, cortado de toda construcción, olvidado de lo que lo precede y lo sigue. Convertido en fórmula críptica, autónoma.


22

Lo importante es alcanzar ese punto óptimo de “modulación” (paso de un registro tonal a otro) y “modalización” de la realidad cotidiana y del lenguaje de la comunidad.


23

¡Demasiado poetas convocando “el sol negro de la melancolía” (Gerard de Nerval)¡


24

El mal poema oscila entre la nota remisoria y la fatiga incipiente. ¿Cuántas veces, si no, acaba en entusiasmo que no cuaja?


25

Memorial para su único agravio: el mal poema.


26

¡Siempre el mismo lamento porque sólo queda lo que no se tiene! Todos los malos poetas polemizan siempre acerca de los límites del desaliento.


27

Parafraseando a Heráclito; aunque la palabra es común a todos los poetas, la mayoría viven como si cada uno tuviera su sabiduría particular.


28

Parece ser que fuertes dosis de patetismo prestigia a la poesía. Ahí está, por ejemplo, toda esa mitología del yo y de la autoindulgencia. En este clima nace el mal poema con cierta decepción frente a la realidad, a fin de que la memoria halle su cruel recorrido.


29

La palabra es y no es visual. Por tanto, el poema está y no está en el espacio de la palabra escrita.
La palabra es y no es duración de la memoria. Por tanto, el poema está y no está en la duración de la lectura.


30

El poema auténtico: hechura y despliegue; conexión y sorpresa; encuentro y disidencia.


31

Dócil, cedida a lo huidizo y permanente, la palabra se transforma en propia urdimbre. ¿Cómo, si no, expulsar del corazón todo el desaliento acumulado convirtiéndolo en música, rumor y símbolo?


32

El mal poema es la oración de un incrédulo que insiste en celebrar la imperfección de la vida. Laudatorio del infortunio.


33

En el poema no se debe desparramar la circunstancia, porque es muy difícil trazar un plan y seguirlo. La exigencia viene una vez que el poema nos solicita desde el primer verso dado por Dios. De otra manera no hay riesgo.


34

Un buen poema debe asociar sentidos y sonidos en justas asonancias o, lo que es lo mismo, en armonías concertadas. De lo contrario —como un golpe de dados— sólo aspirará, por debilidad, a su justificación inmediata.


35

Los malos poetas, por el tiempo que dura la lucidez del alcohol sucio en la sangre, invocan los maternos presagios de infortunio y desvisten las palabras con mano torpe y abrasada. Instauran su anemia vital en la rala trama de las palabras que giran sin sosiego en el vacío donde van a perderse las necias tareas humanas. Cuentan ¡tantas historias!, que parecen mármoles griegos unas veces y otras arlequines desangrados.
Por empeñarse en escribir una obra que ha de ser su vida misma y, por añadidura, con el apoyo logístico del infaltable y miserando crítico, les une el cansancio y el tedio de la convivencia estéril.


36

El mal poeta, conocedor de su paso escurridizo, escribe poemas para escarmiento propio, de cuyas invenciones la derrota es el único final aceptable.


37

En cualquier lectura de poesía aparece la misma idéntica exaltación del deseo y los mismos síntomas de una fatiga incipiente. Son lecturas de libros aburridos que intentan salvar con ademán juvenil entusiasmos que no cuajan.


38

Condena el mal poeta el compromiso con lo que la imagen verbal drena como efectos de superficie. ¡Cuán lejos está de encontrar el sitio del resplandor, esto es, la palabra precisa!


39

Toda idea o fórmula o norma que profese el poeta ante la elaboración de su poema, es siempre una peligrosa creencia que probablemente termine por ahuyentar a la poesía, o por traer al insobornable facilismo del que ninguno está exento.


40

En poesía es posible también decir —parafraseando a Simone de Garnier—, que no hay que capar su feminismo a la dicha para no reducirla a mero dicho.


41

El mal poema es una oración grávida de extorsiones.


42

Un poema sin correspondencia, ¿es poema?


43

La profundidad y la inteligibilidad no son términos contradictorios. Y el secreto de escribir no reside parcialmente en la manera en que puede uno llegar a dejar de hacerlo. No se trata de absolver la escritura en el viento.


44

Un poema auténtico es una indicación acerca de dónde podemos encontrar, no otro poema, sino un hombre que busca aniquilarse en el Creador.


45

No son las palabras las que buscan al poeta. Es él el que se preocupa por ellas. Porque si no se preocupa, ellas se convierten en ilusiones lisonjeras.


46

El mal poema, ¿no suena a última imprecación lanzada en el más sórdido suburbio?


47

El mal poema no busca jamás el equilibrio entre la concisión y la gran facundia, entre la cosa refinada y el hervor vital, entre lo lacónico y lo elocuente.


48

Sólo la urgencia de una palabra precisa que se adentre en las más profundas filiaciones del vivir, puede hacer posible certidumbre de belleza y majestad. Sólo la resonancia y transparencia de una sola palabra precisa.


49

La palabra precisa es el agua de nuestra sed. El agua que se abre a los reflejos de este mundo y los prolonga infinitamente, el agua que corre sin cesar.


50

Si “la cosa es una materia informada”, como enseñó Heidegger, tal vez sobre entonces la música de esos recuerdos que no tienen su vestido de agua.
El poema será así, no el sabor amargo de los días idos entre los dedos, sino una ráfaga de música embrionaria.


51

Sin miedo, tumultuoso, al borde de las mayores heridas, sin que le invada ningún lamento por la desnudez de los días, tal vez el poeta pueda todavía escuchar la palabra que no es siquiera música, apenas respiración.


52

Que no cese el animal de sonido bronco y continuo que viene del fondo y que las palabras no se disfracen de sí mismas.



Antonio José Trigo

7/5/09

A propósito de “Rapsodia de lo oscuro ofreciente”


En Colombia y algunas otras naciones latinoamericanas, el nombre del joven autor ibero Antonio José Trigo, uno de los escritores más sobresalientes de la posnovísima generación de poetas españoles, es conocido tanto por su obra dispersa en varias publicaciones literarias de México, Brasil y nuestro país, como por su labor editorial realizada desde la revista “La Cuerda del Arco”.

Nació en Lora del Río (Sevilla), en 1961. Ensayista, poeta y dibujante. Su libro primero lo tituló “La piedra y el bosque de su efigie” (1986), obra cuyo contenido anunciaba a un poeta serio, estudioso, buceador del lenguaje y perfeccionista del estilo, capaz de ascender con su verso a esos estratos de la conciencia, del conocimiento y del ser a los cuales pocos escritores osan aproximarse con la poesía. Tiene un libro inédito de haikús, “Alfileres de jazmín”, que le consagra entre los más afortunados cultores contemporáneos del género en España.

Escrito entre 1985 y 1988, “Rapsodia de lo oscuro ofreciente” es un singular canto al amor que elude, con la elegancia de su lenguaje y la densidad filosófica de sus ideas, los usuales tópicos temáticos de quienes tratan lo amoroso en sus extensiones individuales o de pareja. Hilada en versos libres que se estructuran como partes independientes de un canto general, la circunstancia amatoria del autor, la citada rapsodia recorre con herméticas metáforas, a veces, y con imágenes directas y concretas en ocasiones, toda la escala emocional de dudas, de negaciones y afirmaciones que el ser humano se formula cuando tal estado del alma rompe con la serenidad del espíritu, colocando al lector en un punto intermedio entre la inexplicable vastedad metafísica y sicológica del amor, y sus manifestaciones cotidianas razonables. En este poemario, la mujer y el hombre se encuentran con sus presencias de tiempo y espacio y materia, no para resolver la soledad ajena ni para responder al llamado de los sentidos, sino para contemplar cada uno desde el otro, ayudados por el éxtasis amoroso y la melancólica sabiduría que se desprende del mismo, las categorías cósmicas del ser humano.

Este libro, breve e intenso en que el juego temático del amor es elemento de la búsqueda de unidad del hombre con el universo, es testigo estético de quien recorre con su poesía un camino frecuentado sólo por aquellos tantristas que del amor aprendieron a descifrar sus secretos de corporeidad como entrada a una trascendente concepción cosmológica de dicho sentimiento, diciéndole sí al mundo físico con sus limitaciones de tiempo, mortalidad, distancia y olvido. La de este libro es poesía visionaria, impávida en su filosofar pero respetuosa del sentimiento de lo bello que debe acompañar a la palabra convertida en verso.

Humberto Senegal


[A propósito de mi libro “Rapsodia de lo oscuro ofreciente” (Aquilea, Cuadernos de poesía II, Málaga, España, mayo de 1989), el poeta colombiano Humberto Senegal escribió este artículo en el diario “La Patria” de Manizales (Colombia), el miércoles 11 de octubre de 1989). Respecto a los otros dos libros que menciona, debo decir que el primero (“La piedra y el bosque de su efigie”, publicado en 1986) lo he reescrito de nuevo, y permanece inédito con otro nombre; y el segundo (“Alfileres de jazmín”, una colección de haikús) permanece inédito con el mismo nombre.]

5/5/09

Poesía y sufismo: cuestión de sincronicidad


Hay hechos que no se explican por una relación de causa-efecto, sino que tienen lugar tras una cierta coincidencia temporal, una especie de simultaneidad. Es lo que Carl Gustav Jung trató de explicar con el término de “sincronicidad”, entendida como “la coincidencia cronológica de dos o más acontecimientos que no están relacionados entre sí por un nexo causal y cuyos contenidos, por lo que respecta a significados, son iguales o similares” .

A este respecto, voy a relatar un ejemplo que me incumbe, un reconocimiento de “coincidencias significativas”, un hecho que se manifestó más allá que yo tuviera conciencia de ello, donde salta la causalidad, la temporalidad y la espacialidad, donde —en definitiva— la sincronicidad (que supone un orden, otro tipo de orden, por supuesto) organiza las impresiones de la vida en un campo de simultaneidades.

Ocurrió el verano de 1993, en medio de mi proceso de conversión al Islam, que tuvo lugar en Granada al mediodía del domingo 8 de agosto de ese año en el antiguo ribat que tenía la Comunidad Islámica de España en el Albaycín, de la mano de Shayj Abdalqadir as-Sufi (entonces, al-Murabit), tras una breve velada de “dikr” (recuerdo de Allah). Tras el discurso, este maestro sufi me tomó la mano derecha y tras yo repetir la “shahada” (primer pilar del Islam, testimonio de que “No hay más dios que Allah, y de que Muhammad es su Enviado” – Ash-hadu an la ilaha illa Allah, wa ash-hadu anna Muhammadan rasulullah), me dio el nombre de Yasin. Mi pensamiento entonces giraba alrededor de una sola idea, de que Islam es la forma de vida realmente natural que corresponde al ser humano; y mi corazón latía en comunión con la naturaleza, con el universo entero, con Dios.

(Shayj Abdalqadir as-Sufi)

Pues bien, el lunes 9 de agosto, ya en Sevilla, al ir a Correos a recoger mi correspondencia del apartado postal que entonces tenía, había un paquete de Luis Alberto Vittor, un escritor argentino e investigador universitario especializado en simbolismo y religiones comparadas, a quien le había escrito unos meses antes pidiéndole su libro “Simbolismo e iniciación en la poesía de Alberto Girri” (Editorial Fraterna, Buenos Aires, 1990). Con mi petición, le envié mis libros de poemas publicados hasta entonces, entre ellos “Estancia de los detenimientos” (Editorial Playor, Madrid, 1990).

Tras abrir el paquete descubrí que se trataba de su libro sobre el poeta Alberto Girri, al que acompañaba una carta fechada el 4 de julio, y en la que tras excusarse por el retraso en escribirme, me decía —para mi sorpresa— que era director y coordinador científico de un Instituto de Estudios Superiores Islámicos, de reciente creación, y que se proponía “dar a conocer, en ediciones críticas anotadas, importantes fuentes de la espiritualidad profunda del Islam, vulgarizada y difundida bajo el nombre convencional de sufismo”. Estas palabras dispusieron mi ánimo favorablemente para leer lo que a continuación venía, y que transcribo:

“En relación con sus libros, me place comunicarle que los he leído con mucha atención y parejo interés en aquellos momentos que pude substraerme de mis obligaciones habituales. Su bello poemario “Estancia de los detenimientos”, en particular, me llenó de impresiones diversas y, en algunos de sus poemas, hasta me pareció encontrar ciertas expresiones simbólicas que pueden lisonjearse de estar en conformidad con el lenguaje técnico de los gnósticos islámicos o sufíes, más allá de la fuga alusión al espiritual persa Saadi de Shiraz, cuyo “Gulistán” —dicho sea de pasada —estoy preparando con una traducción más ajustada que incluye, aparte de notas aclaratorias, una concordancia y un vocabulario. Por supuesto, volviendo a su poemario, que tal evocación no es casual ni gratuita dado que, desde su propio título, es posible hallar una inequívoca señal de su contenido, ya que creo advertir en su formulación una referencia al término técnico “maqam” que en árabe sirve para designar propiamente el “grado” o “rango” alcanzado por el sufi en el orden de sus “detenimientos” espirituales y que, por lo general, suele traducirse en el sentido de “estancia” o “morada”. El Viaje por la Senda Espiritual está lleno de “detenimientos” o “degustaciones”, los que, según sea el grado de aproximación a la divinidad, pueden resultar permanentes o transitorios; los primeros son técnicamente denominados “maqamat” (sing. “maqam”) o “Estaciones”, mientras que los segundos reciben la denominación de “ahual” (sing. “Hal”) o técnicamente “Estados”. La “Estancia” espiritual o “maqam”, según se dice entre la Gente de la Purificación, es un “detenimiento” en la Senda Espiritual que denota la “posición” del Viandante o Peregrino en el cumplimiento de alguna etapa de su aventura o itinerario interior. Sin duda este tema puede llevarnos demasiado lejos en consideraciones que usted no me ha solicitado y que, por tanto, no voy a imponérselas. Baste señalar, por ejemplo, que cuando dice “se cifra la noche en la aritmética del fuego / mientras el mar derrama soles: / figuración y fuga / de una incisiva vegetación de alas”, el acierto poético no está, a mi juicio, en la sabia disposición de las palabras, sino en su simbólica correspondencia, en haber sabido transferir a la imagen del mar la idea de una efusión luminosa o ígnea, en tanto que fuente de luz que “derrama soles”, conservando así una simbólica o eidética verbal que, en el lenguaje técnico de la espiritualidad sufi, representa a la Esencia Divina, concebida bajo el aspecto epifánico de un “Mar de luz cargado de soles”. Si el “Mar de luz” es la Esencia Divina, entonces los “Soles Derramados” son las Emisiones Divinas del Logos Solar o Avatara — Eterno manifestándose, metafísica y físicamente, muy distinguidamente, en la Personalidad y la Individualidad de cada uno de los Profetas o Mensajeros de Dios. Ellos son, en efecto, los llamados “Soles Inteligibles”, como puede verificarse, entre otros casos idénticos, en Jesús y en Muhammad (el erróneamente llamado Mahoma). En un “Uird” o “Wird” transmitido por el espiritual Muhammad Ibn Al-Habib, se dice (translitero el árabe): “Muhammadin au-ualil anuaril faidati min buhuri” (Muhammad —es— la Primera de las Luces Derramadas – del Mar de las Sublimidad de la Esencia); el Sheij Al-´Alawi, por otra parte, expresa en uno de sus poemas “Ua jud: bahra-l-anuar ua-l-asrar / uafni hadhi-d diia:r iablug qlbuk munah” (¡Encara el Mar de las Luces, del Significado y del Secreto! ¡Anonádate para estas Estancias: tu coraón alcanzará su anhelo!). Como ve, estos dos magníficos ejemplos, entresacados de otros miles, son suficientes para justificar cuanto le he dicho. No quiero significar con ello que la asimilación de este lenguaje y su peculiar simbolismo haya sido operado por usted, a partir de estados espirituales o de conocimiento similares a los de estos espirituales sufíes; algo que ni usted ni yo estamos en condiciones de asegurarlo, solo Dios. Él Sabe Más. Pero, en cambio, es evidente que su imaginación creadora ha podido captar el mismo tipo de Realidad Trascendente desde una parecida disposición intelectual o espiritual. En fin, comoquiera que fuere, no es lugar aquí para dilucidad este enigma. Dejaremos esta cuestión pendiente para más adelante.
(…) Por mi parte, tengo pensado iniciar un pequeño estudio sobre el simbolismo de su “Estancia de los Detenimientos”, mostrando su afinidad de expresión con el lenguaje técnico de la espiritualidad sufi. Sin embargo, ¿reconoce a este lenguaje como una influencia legítima en su poesía? ¿Es un tópico casual o viene insistiendo con él también en sus libros anteriores? ¿Podría enviarme sus otros poemarios? Téngame al tanto de su obra.”

Mi asombro fue total al terminar de leer la carta, porque Luis Alberto Vittor no sabía nada de mi interés por el Islam, mucho menos de mi conversión. Aunque entendía el lenguaje empleado por él, dadas mis innumerables lecturas de entonces sobre metafísica y simbolismo iniciático tradicional, no sospechaba en absoluto las concordancias que él veía entre mis versos y los dichos de los grandes maestros sufíes que citaba, entre los cuales estaba Shayj Muhammad Ibn Al-Habib, que yo tan sólo conocía de referencia porque había sido el maestro que había iniciado en el camino sufi a Shayj Abdalqadir As-Sufi (al-Murabit), quien me tomó la “shahada” aquella mañana de agosto. Lo mejor de todo es que a partir de aquel 8 de agosto de 1993, todas las tardes comencé a recitar en compañía de otros musulmanes conversos el “Wird” de Shayj Muhammad Ibn Al-Habib.

(Shayj Muhammad Ibn al-Habib)

Hasta aquel momento, sí, había leído algunos libros sobre Islam y sufismo, pero yo no podía reconocer la influencia del lenguaje sufi en mi poesía. Era algo que no se me ocurría ni pensar, pese a que citaba a Saadi de Shiraz al principio de “Estancia de los detenimientos”, y pese a mis pretensiones encaminadas en esta misma dirección, que quedaron impresas en un texto a modo de prólogo para este libro que nunca llegó a publicarse (ver ANEXO). Si había ocurrido, yo era ajeno conscientemente. En otras palabras, si en mi poesía había advenido cierta influencia sufi no era el resultado de una causa material o eficiente por mi parte, sino del acontecer de la pura lógica del inconsciente. No había una conexión causal que explicara las coincidencias. Era evidente. Y además yo recién había comenzado un día antes de recibir esta carta de Vittor a andar por la Senda islámica, aunque llevara ya algunos años tras su pista.

En tanto disposición a entender, esta carta me brindó la posibilidad de ver cómo es posible que determinados hechos adquieran significado bajo el carácter de símbolos, de manera que puedo decir que el camino elegido, el Islam sufi, jugó un papel regulador en mi escritura, hasta el punto de ir modelando mis aconteceres incluso antes de mi entrada en Islam. Más tarde entendí que todo lo que pasa en este universo ocurre por voluntad y decreto de Allah, y que si tenemos libre voluntad o libre albedrío para actuar es una habilidad que Él nos ha dado para ser capaces de discernir (entre lo bueno y lo malo) y hacer la elección.

“Allah no impone a nadie sino en la medida de su capacidad; tendrá a su favor lo que haya obtenido y en contra lo que se haya buscado” (Corán, 2: 286).


Antonio José (Yasin) Trigo



ANEXO

[A continuación transcribo un texto que escribí en marzo de 1985 a modo de Prólogo para mi libro “Estancia de los detenimientos”, y que no se publicó en la edición que hice de este libro cinco años más tarde, aunque me serví de él (citando párrafos enteros, o reelaborando algunos otros) para escribir otros artículos sobre el acontecer poético. No obstante, la lectura de este texto puede aclarar alguna posibilidad de que Luis Alberto Vittor no estaba mal encaminado en mostrar cierta afinidad entre mi poesía y el lenguaje técnico del sufismo.
Ahora bien, conviene recordar que no fue hasta un par de meses después de escribir este texto, en mayo de 1985, cuando tuve mi primer contacto con musulmanes sufíes seguidores de Shayj Abdalqadir as-Sufi (al-Murabit), precisamente en Granada, donde estuve una semana conviviendo con ellos, pero sin tener todavía muy claro mi entrada al Islam].


Prólogo
(inédito, para “Estancia de los detenimientos”)

El asunto central de este libro lo constituye el espacio de un acontecimiento que no ha tenido lugar. En el fondo, es la aventura misma de la poesía.

El texto está organizado en forma cíclica y en espiral, de donde pueda parecer algo intrincado, “preambúlico”, por encima del significado, más sutil y sostenidamente inquietante que amenazador, caótico o destructivo; por lo demás, los poemas están estructurados como un sitio para que la percepción ocurra, donde el contraste interactivo entre la pausa, el “vacío”, el silencio y lo “lleno” pueda hallar su mejor valorización. A este respecto, nos confesamos —para tranquilidad del “realista” de turno, siempre represivo, genuflexo y anquilosado— un “enfermo del símbolo”, por lo que no escatimamos esfuerzos en dejar traslucir una particular cosmovisión.

La “estancia” expresa el estado, conservación y permanencia de una cosa en el ser que tiene. Es el lugar, la morada, la casa del tiempo del ser. Los “detenimientos”, por su parte, se refieren a lo relativo o receptividad de la tasa vibratoria, produciéndose así la polaridad negativa o sustancial. De esta manera, el tiempo no puede ser encerrado, arrestado, captado, alcanzando en eso los poemas la dimensión de una orgánica partitura.

Sin embargo, se trata de resolver algunas vacilaciones y no rehuimos, por tanto, el detenimiento del tiempo lineal, este tiempo de tibia descreencia, sumergido en la pasión furiosa de lo tangible, en el cual vivimos, con la convicción de que la poesía no ha de “decir” sino “hacer”, como una caja de resonancias en medio del griterío inane del mundo.

Situada en este contexto, la “Estancia de los detenimientos”, como el misterio, no puede ordenarse. Como “espacio de configuración”, símbolo igual al del bosque, que, como el de Dodona, es el verdadero santuario interior o “daimon”, junto a la noche del silencio por explorar. No un espacio físico, como lugar determinado o determinable topográficamente, sino el alumbramiento del alma perdidiza, por cuanto la imagen que subyace es la de la “caída del alma a la concreción primaria”, según conocida expresión de Sor Juana Inés de la Cruz, como una forma de inmersión (“inversa ascensión”) en el flujo de la existencia. Entonces es, cuando ineludiblemente se produce un sentido “mandálico” de la vida: uno empieza a ver que tiene que coger un centro, unas figuras, unas semilicadencias arquetípicas, rodeando ese centro, ese lugar, esa luz, esa respiración, en suma, ese amor.

Por tanto, la poesía ha de permanecer abierta al sentido, enfrentada con el lector como un espejo que le devuelve sus duplicidades inagotables, pues no se trata de pretender ofrecer un sentido que se cierre sobre sí mismo, más bien, al contrario, ese sentido ha de avanzar envuelto en densidades de significación donde zumban lo que es y lo que no es, como una especie de estructura polifónica y contrapuntística, donde la palabra (“dardo tenaz”, “manantial de retorno a su vocación de nieve”, “máscara bien adherida”, “desierto de ceniza”, “puñal de rocío”) es raíz, instrumento, signo y velo.

Es por ello que contra el libro-sumario, en el que cada poema es una instancia, creemos, por el contrario, en el poema como “estancia”, en el que el sentido no sea efecto de un progreso lineal, sino simultáneo, donde hasta la palabra no proferida resume el nombre que no conocemos y que en su totalidad nos abarca.

Detrás, al margen, sobre, por debajo, es decir, entre los intersticios de lo cotidiano, consideramos la naturaleza como una escritura cifrada, donde las nubes, los árboles, el agua, etc., son signos del acrecentamiento de lo invisible en lo visible, mejor dicho, dan un atisbo de realidad desde el Ocultamiento a la Presencia.

Con todo a favor, no obstante, lo que tiene nombre, forma, voz, aparece contagiado de ausencia, con tal de hacer ver, de manera platónica, que los objetos que existen en el mundo no son idénticos a la imagen que de ellos tenemos, siempre incompleta y aproximada, por lo que la poesía ha de intentar comunicar siempre la percepción de lo que subyace tras las apariencias sensibles si no quiere quedarse en un fenómeno o un temor aislado, que se transforma en un destino pegado a una vida, y, por ello, a la extensión misma del mundo, con los consiguientes riesgos de prestarse a lo vulgar, lo fácil y lo sobajado.

Por otra parte, queremos hacer notar que las series acumulativas de imágenes contribuyen en gran medida a dirigir la búsqueda de una experiencia estática, aclarando, sobre todo, ese sentido de ámbito como iluminación, tal como ocurre con los mejores poemas de los sufíes, cuyas referencias transitan por debajo de nuestra exploración, sin significar nunca pretextos o apoyaturas intelectuales, estando aceptados e incorporados como elementos sustentadores del pensamiento de quien escribe. En suma, todo señala en una universal concordancia.

Finalmente, la característica más notable, posible a flor de existencia, y con la cual concluiremos nuestra confesión de propósitos más que presentación, es la invocación al “tú” mediador, amoroso, que redima, apuntando de esta manera al “minimun vitae”, por lo que significa de encuentro y anulación individual, verificando así el proceso —brisa reminiscente— de la desaparición del “mi” ante el “si”, ese punto constantemente presente que se manifiesta por indicios, que nos obsesiona y se aleja cada vez más.

En definitiva, una vez la estancia pronunciada, erguida, detiene lo que invade el corazón. La distancia se anula, se hace centro sin fin.

Antonio José Trigo
(Lora del Río, marzo de 1985)



27/3/09

Punto y Contrapunto de Sergio Campos para Antonio Jose Trigo

[El poeta brasileño Sergio Campos (1941-1994) me dedicó este ensayo titulado "Ponto & Contraponto", escrito a propósito de mi ensayo "La poesía fue una vez una realidad sin nombre, ahora es un nombre sin realidad"; lo editó en forma de cuaderno en "Cadernos do Mundo Manual", que él mismo dirigía desde Ilha do Governador, Río de Janeiro, en 1992. Desgraciadamente, dos años después murió, interrumpiéndose nuestro cordial y afectuoso diálogo]
















26/3/09

De la noche propicia (1980-1981)

[De entre mis primeras tentativas literarias o primeros ejercicios poéticos, destaco y salvo esta plaquette que apareció con el nombre de “Cúpula de la noche”, en La Cuerda del Arco, Boletín de Información Poética, nº 7, Lora del Río –Sevilla-, 1987, compuesta por poemas escritos entre 1980 y 1981, y que ahora convengo en llamarla mejor “De la noche propicia”]




De la noche propicia
(1980-1981)


De igual manera que la luz surge de la noche propicia, como algo que estaba dentro de ella, y que al arder, lejos de consumirse se acrecienta, al despreocuparnos del mundo para penetrar en nosotros, descubrimos nuestro vacío de ser, que sólo ha de colmarse con lo que nos supera, al fin y al cabo lo que nos unifica, define y perfecciona.


I

Soy sin haber llegado,
el cuerpo tan herido.
Soy, tengo sed de ser
sucumbiendo ante el sismo
entre la luz y yo,
en un huir continuo
bajo la noche oscura
a espacios inauditos.

Huyo, salgo de mí,
en este instante mismo
de inefable locura
en que todo es tan mío.

Mi espíritu es muy viejo
como piedra de río,
desnudez peregrina
de inmemorial abismo.

Mas sólo, con mi sombra
o término preciso
—polvo, viento, ceniza,
ahondando mis vínculos—,
sólo me encuentro en otro
que está siempre en camino.

(1981)


II

Definitivamente
cuando me quedo solo,
solo, en medio del mundo,
como el agua en el pozo,
ah, me sé no más que
lo que en mi ser ignoro.

¿Puedo decir quién soy?
A lo mejor soy otro.

(1981)


III

La noche, ¡ay hacia adentro!
sin límite, sin olvido,
crece la noche hacia adentro
trasegando lo divino.

Macizo de luz, sin bordes
ya, hacia adentro esculpido
como un firme pulso en pie
transfigurado en su brío.

Ah clara noche, alta noche
en la luz de mi delirio,
honda sombra azul que imanta
mi concavidad de abismo.

Todo sale de la noche,
de esta noche que yo vivo
—noche exacta sin espejo—
sólo, libre, desprendido.

Redonda, la noche asciende
en mis adentros, solsticio,
noche larga, larga, larga,
de mi sombra y mi latido.

Mas hay algo más adentro,
en la perfección del círculo,
donde se encuentra la rosa
que puebla el tiempo del lirio.

Claridades y trasluces
que mueven el torbellino,
verdades y más verdades
que, ciego, ciego, persigo.

Hay un algo misterioso
—¿ilusión de los sentidos?—,
algo hay que viene y que va
a mí mismo de mí mismo.

Todo es posible en mi sueño
como en un bosque perdido.
No hay nada imprevisible
porque todo está previsto.

Mi sueño de ala dormida
está vibrando en el trino,
perfil de nube afanosa
de no estar nunca en su sitio.

La noche, ¡ay hacia adentro!,
crece la noche —alto giro—.
Voz de hombre se precipita.
Todo en el germen previsto.

(1981)


IV

Fiel sombra: cerrada estancia
en donde airean mis raíces,
que urden, como cicatrices,
los espejos de mi infancia.
Sombra en su hueso, en circunstancia
de tiniebla, azogue, herida.
Agua especular, dormida
bajo el árbol de mi sombra.
¡Ah cuánto tiempo renombra
por dejar fe de mi huída!

(1980)


V

El ser que no es ser sentido
en firme recogimiento,
es el cuerpo trascendido
de la sombra que ahuyento.
Es el ángel que predice
mi muerte, que me desdice
el alma, para ser dueño
de mi noche en su palacio,
para llenar ese espacio
que me sostiene en el sueño.

(1980)


VI

Alma, por ir a tu encuentro
cedo ante la noche ciega.
Luz que me desasosiega
tan adentro, tan adentro,
No huyas, que está en el reencuentro
la flor de nuestra existencia.
Rosa justa en transparencia
ascendente; arcano interno
donde hay algo que es eterno
abriéndose a flor de esencia.

(1980)


VII

Se abre el rosal del espejo,
ah, de todas mis edades,
y me descubro —perplejo—
rosa de mis soledades.
La sombra abierta del tiempo,
sin memoria, en entretiempo.
La noche, inquietud de hoguera,
me enceniza el corazón.
Ya sin alma, en conclusión,
me pincha en hueso la espera.

(1980)


VIII

Remontando la corriente
mi corazón ribereño
—junco, mastranzo, beleño—
encuentra por fin la fuente
junto al árbol ascendiente
de mi sombra desvivida.
Voy y vengo, espuma herida,
y con mi ser me encamino
—ser de mi órfico destino—
hasta hallar muerte querida.

(1980)



(Esta plaquette, compuesta con poemas escritos entre los años 1980 y 1981, se publicó en La Cuerda del Arco, Boletín de Información Poética, nº 7, Lora del Río –Sevilla-, 1987)



[De esta época son también estas tres décimas, que quedaron fuera de la plaquette, y que a continuación transcribo]


Sombra de lo absorto soy,
razón de una sinrazón,
buscándome el corazón
allá por doquiera voy.
Dime, madre, ¿dónde estoy?
Mi ser de luz desvivida
cual un dolor de por vida
que se sabe de por muerte.
Sí, madre, mi ser se vierte
en la noche compartida.

(1980)



“… y mi penar en oficio”
Jorge Manrique

Qué raíz de amor abierto
al día, corazón que ama.
Y cómo, por la honda flama
el anublo de lo incierto,
entre lo vivo y lo muerto,
crece sobre el precipicio.
Ya no es verdadero hospicio
y en el asombro convierte
mi vivir en luz de muerte
y mi penar en oficio.

(1980)



El viento en firme moldura,
junto a la fuente sencilla,
da la tierra y la semilla
al alma de la llanura.
Más adentro, hacia la altura,
crece la espiral de la onda.
¡Ah incontenible fronda!
En pájaro se adivina,
y bebe, sube y culmina
en esmeráldica ronda.

(1980)