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31/10/10

Sobre los sonetos de Juan Cervera



Juan Cervera es su poesía. Hace equivalentes los términos Vida, Poesía y Destino con pasión y sinceridad. De ahí que resulte sumamente difícil toda tarea antológica de su obra poética. ¡Cuán cierto aquello de Pedro Salinas: “Elegir es una muerte”! Máxime cuando se trata de compilar sonetos, forma propicia a la pluma y al discurrir poético de Juan Cervera, que mantiene su vigencia desde 1957 –fecha en que se publican sus primeros sonetos en las ediciones Rumbos y Arquero de Barcelona-, hasta la actualidad, contabilizándose más de ciento cincuenta. Justo es considerar, entonces, su fluencia arraigada en la trayectoria del soneto, donde concurren tradición y originalidad.

Acendrado en la flama de la inquietud y la emotividad constante, Juan Cervera es poeta de sabor esencial y fragante, dejándonos buena muestra de ello a lo largo de una continua y dilatada carrera poética.

Desde la publicación de “Agonía del azúcar” (1973) (1), se muestra ya como un hábil sonetista, donde zurciendo distancias, vuelve a orillarse junto al Guadalquivir, verdadero Eunoe –río de la memoria-. El agua, el río corre por su poesía, cobrando una dimensión de símbolo.

“Digo Guadalquivir y, por el viento
vuelve otra vez mi infancia y se me anuda
a la garganta el pan del sentimiento.”

Cercanía. Localidad. Recuperación del pasado como presente: “Ayer puede ser hoy”, nos dice, “buscando en otro tiempo la alegría” que el pájaro de la infancia le reclama.

Junto al río, el agua comprende también la vegetación, que se hace “floral arquitectura” en la mirada, sinfonía vegetal que el poeta eterniza con su canto:

“Adelfas, juncos, mimbres, tarayales,
espumas, ondas, tumbos, resplandores;
jilgueros, chamarices, ruiseñores,
aneas, mastranzos, cañas y zarzales.”




Para Juan Cervera, nube, río, álamo, ruiseñor, y todo lo natural, no son más que materia que se ilumina, materia aromada, musical y luminosa de su infancia revivida, en una comunión continua con la naturaleza en la que quisiera asimilarse.

Cabe hablar de una transubstanciación del poeta con su tierra, a la que siempre vuelve, a la que se aferra con ahínco, intensa devoción, dejando traslucir una tristeza tranquila, digna.

Sin duda, la nostalgia, el espectro de la nostalgia, deambula por casi toda su obra, erigiendo insoslayablemente el misterio conmovido de su poesía, en el que incide siempre el mismo paisaje andaluz, ya confundido, como en “Evocación de López Velarde” (1974) (2), donde:

“…el provinciano tiempo niñecido
-¡dádiva inesperada!-, me envolvía
de recuerdos robados al olvido”

ya transmutado, como en “Juegos de Alquimia” (1976) (3), “porque ayer siempre es todavía.”

El pasado y la memoria, su vehículo, la memoria nocional (“prolija memoria”, que diría Sor Juana Inés de la Cruz), que le ampara, le mantiene, aspirando a integrar en el instante de la poesía los momentos diversos, particulares y circunstanciales del tiempo vivido:

“Sabe el tiempo, este tiempo que desvivo,
a un tiempo que hace tiempo yo vivía
libremente y a tiempo y no cautivo
del tiempo…”

Esta reiteración del tiempo, como espacio –nube o ala- que huye, nos trae a la memoria estas sugestivas palabras de M. Maeterlinck, reflexiones sobre el espacio-tiempo, que precisamos:

“Podría decirse que el espacio es el tiempo de nuestro cuerpo, y el tiempo, el espacio de nuestro espíritu… Nosotros consideramos el tiempo como el movimiento del espacio, y el espacio como el reposo del tiempo. En realidad, el tiempo es tan inmóvil como su hermano. Nosotros le representamos como un río que corre sin cesar, procedente nadie sabe de dónde y hacia un destino. A decir verdad, él no se ha movido nunca; no es él el que corre, sino nosotros” (4).

Intuición, sin duda, taoísta. No olvidemos que la imagen que resume toda la sabiduría del Tao es el fluir, que entre nosotros se traduce por el “panta rei” (“todo fluye”) heraclíteo. De la misma manera lo intuyó Marco Aurelio cuando habla de la realidad “como un río que se desliza incesantemente”, y así también lo entrevió admirablemente Jorge Manrique ante la muerte de su padre, ante la fungibilidad de lo terreno.





Juan Cervera retoma la imagen, pues, parafraseando a Antonio Machado, quien entre los poetas suyos también tiene Manrique un altar:

“De paso andamos por aquí viviendo.
Dicen que somos ríos que algún día
acaban en la mar en compañía
de todo lo que andamos disponiendo.”

Ante este “cómo se pasa la vida, como se viene la muerte”, Juan Cervera escribe una de sus obras más compactas: “Si es que muero mañana…” (1978) (5), alternando el soneto con la décima, el poeta mantiene un diálogo, que bien podría llamarse “mayéutico”, con la Quimera, pues busca la luz “consciente de la muerte a toda prueba”. Pero la muerte no como desaparición, sino como ascensión.

“Naceré y moriré. Lo irremediable
caerá sobre mi vida a toda muerte
y veré humanizarse lo divino.

Desde mi ciego noche inconfesable
Entraré en el secreto de la suerte
Y pondré entre tus manos mi destino.”

El poeta está consciente de que no se puede vivir ignorante de la muerte, que vivir para la muerte no es evadirse de la vida; todo lo contrario, pues es la única manera de asumir la existencia del ser como tránsito de purificación. Ya San Pablo (I Corintios, XV, 53), disertando sobre la muerte y su mentira, nos dice que “es necesario que ese ser corruptible sea revestido de inmortalidad”. Más cuando ello se cumple, la muerte es vencida. Estas palabras explican sobradamente la frase críptica: “El hombre debe morir antes de morir”, puesto que una muerte repentina supone la privación de todo diálogo con nosotros mismos, impidiéndonos así dar un sentido a la vida.

Por eso, Juan Cervera, “burla burlando el paso de la muerte”, nos dice:

“¡Oh realidad fatal que paso a paso
vas dejando en mi alma tu amargura!
Te he de vencer, seré quien he soñado.

Entraré por la rosa del ocaso
al centro de la noche más oscura
y hallaré mi destino confirmado.”

Más en el tránsito, en la lucha diaria entablada contra la muerte, ese “arrabal de senectud”, como lo definiera el mismo J. Manrique, en ese “vivir contento en lo que más nos mata” quevediano, Juan Cervera no deja de confiar en la esperanza y en la ternura, aun sabiéndose “en su cárcel de sombras”, la cárcel platónica, y aun reconociéndose frente a la nada, dentro de los límites. Así nos confiesa con estoicismo en “Papel de soledad” (1980) (6):

“Esta leve ceniza que en fin soy,
este efímero polvo pasajero,
llora su ayer, dolido de su hoy,
y de pronto ha de ir donde no quiero.

Este tiempo de carne en que me doy,
a pesar de este espacio tan austero,
cree de repente ir donde no voy
y de pronto ha de ir donde no quiero.”

Frente a la desazón y la dolorosa ansiedad que produce la espera, el poeta vive la muerte, su muerte, a vida plena, pues “la vida no es vida, si nunca muere”, como bien dice tan gran poeta como Emilio Prados.





En busca de sus “Contraseñas” (1981) (7), entiende la poesía como testimonio espiritual en el tiempo. Así lo sentenció Antonio Machado, de quien suscribimos estas palabras: “¿Cantaría el poeta sin la angustia del tiempo, sin esa fatalidad de que las cosas no sean para nosotros, como para Dios, todas a la par…?”

Empero, Juan Cervera, “Perdido en lo fatal” (1984) (8), muestra, patentiza su compromiso, su pertenencia a la tierra, sin dejarse llevar por el sufrimiento y la desolación. Así el poeta ante el irreversible flujo del tiempo, y consciente de que “vivir es un constante desafío”, evoca, resucita, de nuevo, el pasado, “aquel tiempo con voz de campanario”, y a su vez, hace renacer las razones del presente “donde todo flota en su propia fantasía”, descubriendo el porvenir “habitando el alma que me habita”. En su constante afirmación de la realidad, nos pone al descubierto, nos revela que:

“La vida es una extraña circunstancia,
un azar sorprendente y peregrino,
que nos clava su naipe sibilino
y nos deja al final sin arrogancia.”

Y en esa manifestación del espíritu, en el que tiene prioridad el sentimiento sobre las demás facultades del hombre, el poeta al transitar por las veredas de la interioridad, condensa su poesía en pensamiento metafísico, encerrando un hálito de misticismo:

“Soy una forma más de la energía
que pasa por aquí, fervor y azar,
ebria de una secreta fantasía
con incendiaria vocación solar.

Soy la aproximación a la poesía
y mi destino al fin será habitar
el corazón coral de la alegría
derramado en el alma azul del mar.”

Ante la muerte, el poeta opta por el camino del Amor, imprimiendo a su poesía el sentido gozoso de la vida, producto de las sutiles elucubraciones de su ardor exaltado. El Amor como experiencia esclarecedora en la búsqueda de lo permanente. Amor como deseo de belleza que culmina en el encuentro con el cuerpo de la amada, pero sin apegarse a él, sin convertirlo en objeto de posesión, sino recibido como un don. “En don de carne y hueso” (1979) (9). Don que supone el hallazgo de la unidad perdida, de “saberse encontrado en lo perdido”. Podría hablarse de culto a la amada como en los grandes representantes del “Ars honeste Amandis”, incluso de religión del amor.

“Viajo por tu cenobio poro a poro
y descifro su humana astronomía
con paciencia de orfebre y alegría
de asceta que ha encontrado su tesoro.

Me reencuentro en tu hermoso cautiverio
con la raíz del vino y la ebriedad
y en don de carne y hueso al fin fecundo.”



Ebriedad. Ardor. Juan Cervera, a fuer de enamorado, quintaesencia el amor en deliciosas estampas sensuales, sin desbordamiento, y queda absorto en la “llama embravecida” –fuente y curso de amor inagotables-, la llama que lo consume y lo engrandece, “hasta urdir la memoria de la vida.”

Y en esta delectación amorosa, guiado por la amada, la amiga, la iluminadora, la que da claridad, nos brinda un ramillete de sonetos alejandrinos, de “Cerezas en el viento” (1982) (10), repitiéndose una vez más “que la vida alcanza para misterio y canto”, pues el “gozo de estar vivo es lo que cuenta” (11).

Así es Juan Cervera, poeta andaluz de gran riqueza emotiva, quien desde México, patria que lo acogió favorablemente y donde reside desde hace años, “tomando ora la espada” del artículo periodístico, “ora la pluma” de la emoción, consolida de manera fluvial una de las obras poéticas más sentidas y significativas de nuestra literatura.

Esta es la verdad, la esencia de la creación, que Juan Cervera poematiza, dándole “vuelo eternal al sentimiento.”


Antonio José Trigo




NOTAS

(1).- “Agonía del azúcar”, Lora del Río, 1973. Reeditada y corregida en 1977 bajo el título “Donde esta noche es de día”, ediciones Sierra Madre, Monterrey, México.
(2).- “Evocación de López Velarde”, Colección Candil, 1974.
(3).- “Juegos de alquimia”, Colección Poesía, Toluca, Estado de México, 1976.
(4).- “Maurice Maeterlinck, “La vida del espacio”, Aguilar, México, 1963.
(5).- “Si es que muero mañana…”, Colección Candil, México, 1978.
(6).- “Papel de soledad”, Colección Candil, México, 1980.
(7).- “Contraseñas”, Colección Aceña, Lora del Río, 1981.
(8).- “Perdido en lo fatal”, Colección Cálamo, México, 1984.
(9).- “En don de carne y hueso”, Ediciones Azur, México, 1979.
(10).- “Cerezas en el viento”, Ediciones La Urpila, Montevideo, 1982.
(11).- “A la alegría de estar vivo”, Editorial Entre Amigos, México, 1986.


(Este texto fue escrito como prólogo del libro “Testimonios. Sonetos 1957-1986”, de Juan Cervera, editado por la Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM, México D.F., 1986, 131 pp. Años más tarde se utilizó como prólogo también a una amplia antología de sonetos de Juan Cervera, con el título “Sonetos del amor, de la vida y la muerte”, editada por la Diputación de Sevilla, Área de Cultura y Deportes, Sevilla, 2005, 218 pp., cuya portada fue diseño mío, así como el dibujo que lo acompaña. Igualmente, este texto se publicó en el diario “8 Columnas”, Toluca, México, 19 de abril de 1992, pp. 4-5, acompañado con dibujos míos, los cuales aquí expongo.)




22/4/10

La fragancia del fervor (A propósito de la poesía de Juan Cervera)

Vida continua. Juan Cervera hace realidad aquella semblanza por “soleá” que en 1962 le dedicara el poeta Manuel Ríos Ruiz:

“A Juan Cervera Sanchís
le nace la poesía
con solamente vivir”

Da siempre preferencia a los temas de carácter espacio-temporal, como lo prueba la constante evocación de su tierra andaluza, que revela su nostalgia, su constante expatriación real o visionaria, y a la vez la quimera del retorno, pues sigue soñando con ella.

Todo en su poesía es nostalgia, pero no del mundo de la inocencia, sino de lo humilde. Puede hablarse, incluso, de hipérbole de nostalgia: emociones y recuerdos de la provincia, gustos andaluces. Momentos y personajes de su pueblo natal (Lora del Río, ese pueblo hecho vuelo). Siempre en activo, injubilable y Crisóstomo, aúna el corazón, la inteligencia y la intuición, provocando de esta manera móviles más profundos. Como en Azorín, su tema característico es el paso del tiempo, el “fugit tempo irreparabilis”, en el distanciamiento o el tiempo inmedible. Así, su tristeza, muy digna, pero muy intensa y dolorosamente, da cuenta de cómo se recuerda en la poesía de aquello que no fue, entendiendo, admirando y justipreciando la vida, por mucho que se pene y se luche.



Toda su poesía está impregnada de encantamiento de existir, encantamiento que da unidad, corriente continua, pese al aliento abundante, disparejo, de su obra, que se nos muestra irónica, trágica, melancólica, tierna, sensual, elegíaca o repetidora de lo popular, según el ánimo. Pero siempre con un robusto sentido de su realidad. Es así que toda su obra dispersa el ciclo vital de un hombre. Bien le cuadraría lo de “gran lírico agónico”, según la conocida expresión de Pedro Salinas, aunque no hay que olvidar que Juan Cervera evidencia también una severa formación de clásica prestancia, preferentemente Quevedo, sobre todo a la hora de hacer sonetos.

Como lírico —dado su firme acento del romancero— es romántico, pues para él el mundo no es sino un gran poema que aprehende el ser, el ser que se deja absorber y dominar por la fuerza cósmica. Sin duda, este fervor religioso disimula en más de una ocasión una obsesión existencial, apareciendo el verso nutrido de cierta preocupación filosófica, en el resultado más que en la intención. Ronda el panteísmo, dado su anhelo encendido de deshacerse en los elementos y en la naturaleza, con un verso expresivo y rico, casi siempre sencillo, natural, que hace que sea un poeta asequible para muchos, que de dentro a fuera, de corazón a corazón, nos habla en secreto, pero hondo, de la vida.

Ahora bien, este panteísmo le lleva a concebir la relación entre el Principio divino y las cosas desde el único aspecto de una continuidad existencial, lo cual, dicho en términos metafísicos, lleva a confundir la identidad esencial de la manifestación del Ser, con una identidad substancial. De todas formas, Juan Cervera siempre da palabra de amor, en lo que significa como aporte afectivo y sincero, pese a la época descreída que vivimos. A este respecto, no es de extrañar que de vez en vez se permita una quiebra en el énfasis de la gravedad, bien para mostrarse irónico, observando y glosando con humor impertérrito, con malicia sonriente, o bien para gritar de rabia, en un desplante de los suyos, pero con mucha picardía, entre bromas y veras, que le caracteriza, donde hasta la ironía resulta ser una forma más de la nostalgia.

Juan Cervera, a pesar del drama de nuestro tiempo, que se resume quizá en una especie de vacío psicológico, de vértigo abierto bajo los pasos del hombre por el mundo, lleno de comodidades y peligros, de libertades y de obligaciones, de promesas y amenazas…, haciéndose evidente el “sin-sentido” de la vida moderna, viene a insinuarnos que sólo con la presencia del “hombre vivo” es posible el “heroísmo” último que conlleva al vencimiento del absurdo, prefigurando más allá del tumulto de los sentidos que lo anuncian, una especie de embriaguez panteísta, como diciendo que en todos los tiempos y bajo todos los cielos es necesario que se cante la felicidad de todos los días. En este contexto, se canta a la vida, por cuanto tiene de fiesta, de derroche, de efímero, de contexto vital y religioso, pero sin ir más allá de un confusionismo místico sentimental. Naturalmente, ni que decir tiene que, en esta consideración, la poesía ocupa un lugar central, como gran liturgia de la vida, que le sirve para recorrer los caminos de la duda, ante la claridad y la sombra, para bucear dentro del alma, interrogar a esa máscara, profundizar en los abismáticos arcanos de la interrogación humana, mostrando desolación y tristeza; sosteniendo un diálogo contra su propia conciencia; repitiendo las oscuras respuestas a sus preguntas. Aquí la poesía no es ya no producción ni reproducción de uno mismo, sino el pulso del mundo visible, el pulso de lo fungible que le asalta en el cautiverio de la vida, sin resignarse ante la muerte, sin tomar por necesidad lo que no es sino contingencia; ahondando en la médula de lo importante con riqueza y vigor expresivo.

En este mismo orden de ideas, se nos viene a las mientes el poema que Al-Gazzali, el gran maestro sufi del siglo XI, escribió, cercana su muerte, sobre el hecho de ser consciente de estar prisionero en el mundo de las formas:

“Soy un pájaro: este cuerpo era mi jaula,
pero me he ido volando, dejándola como un signo.”

Pero, un signo, ¿de qué?. Sin duda alguna, de lo inteligible, esto es, del mundo de lo invisible, de lo que carece de apariencia física. Por lo tanto, el mundo de lo manifestado, de lo sensible, debe ser reconocido como la emanación y el reflejo del mundo espiritual, su imagen imperfecta y perecedera. De donde resulta improcedente confundir la Unidad primordial con la multiplicidad inherente al mundo manifestado, como hace el panteísmo.

Así, pues, Juan Cervera no llega a entender la trascendencia metafísica, quedándose en una inveterada inmanencia cósmica, cuando no, en una emotividad redentora, inscribiéndose en la “salvación”, en la modalidad religiosa y no en la “liberación”, en el ideal metafísico. Es por ello que hipostatiza la naturaleza física en una confusa y desordenada exaltación vitalista, dentro de la diversidad de los instintos materiales y de las pulsiones afectivas. No obstante, ávido también de luz, es un gran poeta del amor, buen amante sin vencimientos. Siempre presto para ir a buscar el calor femenino, ya en el paroxismo de la danza, solicitando la clemencia del éxtasis, ya con pasión erótica, fruto de un sensualismo refinado, que peca de cierta asimilación del eros con el instinto del gozo, cayendo en el hedonismo libidinoso, en la sexualidad pandémica enmascarada, ya que no ha sabido considerar el hedonismo y la perspectiva de una reintegración espiritual, tal como ocurre con los grandes poetas sufis, en los cuales Juan Cervera ha bebido, no obstante, “la fragancia del fervor”. Poetas que veían muy claro el peligro de una “feminización de lo espiritual” o, lo que es lo mismo, un abandono a la dispersión, a la diversidad de lo sensible, casi siempre mostrada como impulso de tipo religioso, en detrimento de la tensión metafísica hacia la Unidad.

Por otra parte, empezamos a ver ahora porqué Rumi mostraba un asombroso desprecio por su poesía, a la que consideraba como ropaje, porque lo único que le importaba era comunicar una gnosis. En cierta manera, daba a entender que una vez separada la escoria de la poesía, sólo el oro de la liberación importaba. De ahí esas suposiciones falsas y superficiales que ponen la poesía al mismo nivel que el Principio Único, son absurdas. De hecho, creer en la poesía como Absoluto es dar gato por liebre, remedio de quienes no creen en Dios, o si creen, al menos, en un dios tan lejano y frío, que más bien parece su creencia una máscara social con la que ocultar su verdadero agnosticismo, tomando como último recurso la poesía como redención de la vida. En este caso, el triunfo de la poesía se convierte fácilmente, por esto mismo, en una derrota del hombre. Así, pues, no basta con afirmar sin cesar la existencia de Dios, cuando, por otro lado, no se duda en compararlo con cualquier objeto manifestado, como si pudiese haber dos realidades esencialmente distintas, lo cual demuestra una falla infranqueable en el espíritu contemplativo del poeta, que le hace tender a encerrar la realidad en uno solo de sus grados: la existencia sensible, con exclusión de la existencia inteligible. ¿No sería mejor poetizar que nada puede situarse “fuera de” o “al lado de” Dios?.

Juan Cervera no va más allá, y por tanto no llega a la gran verdad de que más que buscar a Dios hay que dejarse buscar de Él, para lo cual hay que principiar porque el corazón no se aferre a las cosas de este mundo, es decir, no reducirse a agitar simples “contraseñas”, dentro de un vitalismo exacerbado. Dios es quien nos busca, por lo que es preciso desterrar toda inercia, todo temor, toda duda, pues el mundo no es disonancia, sino armonía, y la existencia no es “inclemencia”, sino “reverencia”. Ante esta incapacidad discernidora, el poeta opta por hacerse mendigo del azul de las nubes, alcanzando en este grado, el título de maestro y liróforo celeste, tal como Rubén Darío llamara a Paul Verlaine.

Finalmente, cabe recordarse la indiferencia de Juan Cervera a los eternismos culturales, su estar al margen de todo grupo, haciendo crecer su escritura en las calles tortuosas del exilio interior, en la elucidación de sí mismo, guiado por la fragancia del fervor (el espíritu de la emoción), que si no define, al menos describe de una cierta manera, gran parte de su obra prometeica, siempre en las antípodas de la poesía abstracta, intelectual, porque no tiene algo definido que decir, reduciendo la poesía a una cuestión de mero recuerdo o emoción. Pero, poesía que acentúa la transmisión, por lo que significa de acercamiento a la intrínseca forma del Ser, y como todo acercamiento, de conflicto medular con uno mismo. Conflicto en el cual, según Keats, surge la poesía o, lo que es lo mismo, la locura apacible.


Antonio José Trigo

[Artículo publicado en la revista “Empireuma”, Orihuela (Alicante), año IV, Nº 12, abril 1988, pp. 34-35]




ANEXO:


JUAN CERVERA

Nació en Lora del Río, Sevilla, España, el 24 de octubre de 1933. Ensayista, narrador y poeta. Radica en México desde 1968. Ha sido director, junto con Joaquín Cano Jáuregui, de La Carpa; fundador de Ediciones Asunción Sanchis; crítico literario; colaborador de NOTIMEX y de la serie “Ocio y Cultura” del Canal 13 de la TV mexicana. Colaborador de El Nacional, El Universal, Ovaciones, y Revista de Revistas. Su obra ha sido traducida al inglés, francés, checo, griego, bretón y japonés.


PREMIOS: Premio Azor de Poesía 1962 por En las nubes, Barcelona, España.
Premio de las Juventudes Musicales Monsen Alcober 1962 por Aguardada Aurora, Palma de Mallorca.
Premio en la Segunda Bienal de Poesía Breve de Correo de la Poesía 1985 por Asómate, Valparaíso, Chile.

OBRA PUBLICADA: Cuento: Los ojos de Ciro, Katún, 1984. || Las 1001 caras de Jano, Proyecto Cultural Chobojos, 2008. || Ensayo: Poesía de México y del mundo, IPN, 1994. || Entrevista: Ajedrez: pasión y misterio, Jaque al rey, 2005. || Pemex en el corazón, Instituto Mexicano del Petróleo, 2005. || Poesía: Canciones del muchacho que veía venir a la muerte, Agem, Madrid, 1960. || Déjame hablar de amor, Cádiz, Arrecife, 1960. || De par en par, Río del Sur, Sevilla, 1961. || Desesperado amor, Tina Jerez de la Frontera, 1961. || Sangre da terra, Panorámica Poética Luso–Hispana, Lisboa, 1961. || Cal viva, Rocamador, Palencia, 1963. || A orillas de un río, Alrededor de la Mesa, Bilbao, 1963. || Extraño amor, Tarayal, Cádiz, 1966. || Por la piel de mi sangre, Carabela, Barcelona, 1967. || Coplas proverbiales, Candil, 1971. || Estoy aquí, ¡miradme!, Finisterre, 1971. || Agonía de la fuga, Caja Rural, Sevilla, 1973. || Evocación de López Velarde, Candil, 1974. || Corre que te corre al corro (disertaciones infantiles con música por dentro), UV, 1976. || Inventado el olvido, Candil, 1976. || Juegos de alquimia, Gob. del Edo. de México, 1976. || Siete cantos a Eloísa y después, Colibrí, 1976. || La gloria del poeta, El Jilguero Niño, 1977; El Zopilote Anciano, 2008. || Muriendo o lo que sea, Colibrí, 1977. || Donde está es de día, Gob. del Edo. de Nuevo León, 1978. || El don de carne y hueso, Azur, 1978. || Si es que muero mañana, Candil, 1978. || El prisionero, Rialp, Adonas, Madrid, 1978. || Vocación de ceniza, UAM, La Rosa de los Vientos, 1978. || Desnudez en el Universo, Delambo, 1979. || Profecías del polvo, Tonathi, 1979; Proyecto Cultural Chobojos, 2009. || Contraseña, Lora del Río, España, 1981; Tinta Joven, Guadalajara, 1981. || Soliloquio sonámbulo por la raíz de danza, Capulín, Lima, 1981. || Sobre las piedras, Delambo, 1981. || Cerezas en el viento, Urpila, Uruguay, 1982. || La locura tiene nombre, Katún, 1982. || Ácido mundo, Luzbel, 1983. || Visión de la ebriedad, Oasis, 1983. || El caos es maravilloso, maravilloso es el caos, Domés, 1985. || Claves de invierno, La Tierra y la Palabra, Claves Latinoamericanas, 1986. || El prisionero, Villicaña, 1986. || Los dioses mueren mil veces, Gob. del Edo. de México, 1987. || Hombre (plaqueta), Julia Niño, 1987. || Testimonios. Sonetos 1957–1986, UNAM, Biblioteca de Letras, 1987. || Señora y Niña mía (sonetos a la Virgen Guadalupana), A. L. Durán, 1988. || Esta sombra que pasa, Praxis/Dosfilos, UAZ, 1989. || Papel de soledad (plaqueta), Candil, 1989. || Tiempo de Lora, Lora del Río, Arceña, Sevilla, 1989. || La luz como una lágrima, La Tinta del Alcatraz, La Hoja Murmurante, núm. 20, Separata de Arte Libertario, 1991. || El soneto, IMC/UAEM, 1991. || Silencios, La Tinta del Alcatraz, Toluca, 1993. || Bucareli, Gernika, 1994. || La realidad no es nuestra, UAEM/La Tinta del Alcatraz, Toluca, 1998. || Carcajadas, Ayuntamiento de Lora del Río, España, 2000. || Sonetos del amor, de la vida y la muerte, Junta de Andalucía, España, 2005. // Obra poética (1960-1985), Tomo I (2006); Obra poética (1986-2003), Tomo II (2007); Obra poética (Hasta 2008), Tomo III (2008) // Haikus, Editorial Amor (Autores Mexicanos Organiados, S.C.), 2007. // Los sonetos del ajedrez, Jake al Rey Editores, México D.F., 2008. // Coplas para el olvido, Jake al Rey Editores, México D.F., 2009.

PÁGINA WEB: http://www.juancervera.com